martes, 18 de diciembre de 2012

Impossible is nothing (to God)

Un día, hace algo más de 2000 años, tal vez de noche, ya que ha Dios le encanta actuar de noche (promesa a Abraham, lucha con Jacob, salida de Egipto... la Resurrección), un ángel le dijo a una joven judía: "Para Dios nada hay imposible".

¿Por qué hay tantos matrimonios cristianos que tienen los hijos que Dios quiere (muchos, pocos o ninguno) cuando todo el mundo hace (y les dice) lo contrario?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué hay hombres y mujeres cristianos que renuncian a sí mismos para entregarse a Dios en el sacerdocio o en la vida religiosa?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué hay familias enteras que se van a evangelizar a Rusia, Micronesia, China, Perú, Argentina, EEUU, Suecia, Tanzania, etc., dejando en muchos casos una vida acomodada?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué un anciano de 78 años que espera tener un retiro y final de vida apacible acepta renunciar completamente a sí mismo para ser Siervo de los Siervos de Dios en el Papado?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué ha habido (y hay) tantos cristianos que han muerto asesinados y torturados, perdonando a sus ejecutores?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué los matrimonios que tienen a Cristo en medio no se separan a pesar de los problemas que surgen y cada vez se aman más?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué podemos tener paz y ser felices en la precariedad, la enfermedad o cualquier sufrimiento?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué nos cuesta quitarnos de nuestro tiempo para rezar, posponemos la confesión, en ocasiones "no nos apetece" ir a Misa o nos es indiferente, nos hunde no tener el dinero que creemos necesitar o nos desespera la enfermedad o las contrariedades?

Porque no creemos que para Dios nada hay imposible.

La fiesta que vamos a celebrar es el hacer presente que Dios ha hecho algo imposible: hacerse hombre, hacerse como nosotros. Y esto quiere decir que puede hacer otra cosa imposible: que nosotros seamos como él, como Dios, que es lo que hace la Eucaristía, darnos su naturaleza, la naturaleza de Dios. ¿Habéis leído bien? La na-tu-ra-le-za de Dios. Y con esa naturaleza podemos ser santos, perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial. Porque, si para Dios nada hay imposible, y con la Comunión nos hacemos como él, ¿qué no podremos hacer? "El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún."

Esto no quiere decir que tengamos que hacer supermegaobras, sino que cada día, cada momento, amaremos al que nos fastidia, sea nuestra mujer, nuestro marido, nuestros hijos, etc., daremos gracias a Dios por todo, excusaremos al que nos la lía con el coche en lugar de ponerle de vuelta y media, no juzgaremos al que hace las cosas mal (según nuestro criterio), no renegaremos cuando un hijo se despierta de madrugada (o 20 minutos antes de que suene el despertador) o cuando un feligrés quiere confesarse a una hora intempestiva, etc. Cada uno sabe qué es lo imposible que Dios hace posible en su vida.

Va a nacer nuestro salvador, el único que puede hacernos felices, ¿vaciaremos nuestro corazón de todo lo que impide que entre o le diremos que no hay sitio? Y el Señor no se conforma con un poco, te quiere todo para él. ¿Te negarás?


P.D.: el vídeo lo traigo del magnífico blog de Angelo, del post que me ha inspirado el mío.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Sin cruz nunca seremos santos


Porque, para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.
Este es el final de la segunda lectura del oficio de hoy, día en que se celebra la memoria de san Juan de la Cruz, y pertenece a su Cántico Espiritual. La traigo aquí porque me ha parecido espectacular. Os recomiendo leer toda la lectura para entender mejor la frase.

Meditándola después de escucharla, he llegado a dos conclusiones: la primera es que la cruz, no sólo es imprescindible para encontrase con Cristo, sino que además Dios nos la pone a diario en multitud de ocasiones. Y la segunda es que María es esencial para que entremos en la cruz con humildad.


Jesús ya dijo que "el que quiera se discípulo mío, tome su cruz ...". Pero, por si eso no es suficientemente claro, san Juan de la Cruz nos lo dice de otra forma: si queremos las riquezas de Dios, si queremos a Dios, la puerta es la cruz. No dice que la cruz sea una posibilidad más, un camino tan válido como otro, que sea opcional. No. Dice que es "la" puerta. Pero no hay que buscar grandes sufrimientos. La cruz no tiene porqué ser una enfermedad, el paro, un hijo conflictivo, un jefe insoportable, etc. Cada día tenemos la posibilidad de cargar con la cruz: cuando un hijo nos despierta a media noche, cuando en la oficina tenemos que tratar con el pesado de turno, cuando hay que fregar los cacharros y nosotros queremos descansar, cuando sucede algo, no necesariamente grave, que nos contraría, etc. Poned lo que queráis. En definitiva, cuando tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro "me apetece, no me apetece", cuando hemos de renunciar a nuestro "yo" para que el "tú" prevalezca. Por eso dice el santo que desear entrar por ella es de pocos. Porque a ninguno nos gustan estas cosas. A nosotros nos toca pedir la gracia al Señor cada día para entrar en su voluntad, siempre con su ayuda, porque como lo intentemos en nuestras fuerzas, vamos listos.


Y, ciertamente, el Señor nos ha dado una ayuda enorme: su madre. Ella empezó a vivir su propia cruz cuando empezó a llevarle en su seno. Le dio a luz en un establo. Tuvo que huir a Egipto. Quedó viuda, con lo que significaba en aquel tiempo. Y nunca renegó. "Guardaba todo en su corazón". Y, por supuesto, estuvo al pie de la cruz. Aunque no pertenece al Evangelio, siempre me ha impresionado la escena de La Pasión en la que María hace lo imposible para acercarse a su hijo en el Vía Crucis, y cuando lo hace, tras una caída del Señor, éste, al verla, parece recuperar las fuerzas y fijar de nuevo la vista en el objetivo de la voluntad del Padre, morir por nosotros. 

La cruz es necesaria para encontrarnos con el Señor, y como él sabe de nuestra debilidad, nos ha entregado a su madre, para que la acojamos en nuestro corazón y nos consuele en las dificultades.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a entrar cada día en nuestras cruces, y que lo hagamos con y por amor. Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a "hacer lo que él nos diga". Gracias a que ella entró en la voluntad de Dios y aceptó el sufrimiento que conllevaría, hoy, nosotros, vamos a celebrar la Navidad y hemos sido salvados por la muerte y resurrección de Cristo. Por la aceptación amorosa de la cruz de una, millones y millones nos hemos encontrado con Dios. No menos importante es nuestra aceptación diaria de lo que nos hace sufrir, porque ese y no otro es el camino de la santidad, que es a lo que nos ha llamado el Señor: a ser santos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Adviento: Dos vídeos, una poesía y un texto

"Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra..."

La felicidad según el mundo: tener, tener, tener. 


"...Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre." (Lc 21, 34-36)


La felicidad según la Iglesia: Jesucristo.


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno a oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
"Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía"!

¡Y cuántas, hermosura soberana:
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!

                             Lope de Vega


Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que, mientras vivimos él, somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin. (San Cipriano, Tratado sobre la muerte)


jueves, 29 de noviembre de 2012

Ya viene mi Dios

Llega el Adviento, viene el Señor. Se acerca la Navidad, está próximo nuestro Salvador.

El Adviento no es simplemente el tiempo que precede a la Navidad. Es (debería ser) nuestra vida. Porque quien vive el Adviento vive en espera y en Esperanza, que es como debe vivir el cristiano hasta el día de su muerte.

La primera parte de este tiempo litúrgico nos remite a la Escatología, a la vuelta del Señor. Nos invita a estar preparados, con las lámparas encendidas, a vivir con los pies en el suelo y la mirada puesta en el Cielo, a santificar nuestra vida para que el Señor, cuando vuelva, nos encuentre despiertos. Porque va a volver, porque nos vamos a morir. Por eso esta primera parte del Adviento tiene que ser nuestra actitud diaria, cada día de nuestra vida. ¿O es que sólo tenemos que esperar al Señor dos semanas al año? ¿Sólo tenemos que pensar en la muerte en noviembre y en las dos primeras semanas de Adviento? No seamos necios.

La segunda parte nos invita a la Esperanza de saber que Dios nos ama infinitamente; tanto que se ha hecho uno de nosotros, se ha abajado a nuestra naturaleza para alzarla hasta el Cielo. Ya no somos sólo hombres. Somos hijos de Dios. Él ha querido vivir como uno de nosotros, entre nosotros. ¡Ya no tenemos nada que temer! ¡Dios está con nosotros! ¿Quién contra nosotros? Esta segunda parte nos prepara para recibir "la mejor noticia de la historia de la humanidad", como dice la Calenda de Navidad. Dios se ha hecho hombre.

Si vivimos esto así es cuando tiene sentido la fiesta, las cenas, las comidas, los regalos. ¿Cómo no va a tener sentido? ¿Cómo no vamos a estar felices?

Entremos en el Adviento, aprovechemos este tiempo que nos brinda la Iglesia para preparar nuestro corazón a la venida del Señor, que no se cansa de nosotros, que está siempre ahí, esperando a que acudamos a Él, deseando que acudamos a Él. Porque, como dijo san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».



viernes, 23 de noviembre de 2012

Oremos por ellos

¿Cuántas veces le has pedido a un sacerdote que rece por ti? ¿Y cuándo fue la última vez que rezaste por uno de ellos?

Los sacerdotes, desde el Papa hasta el último ordenado, necesitan nuestra oración. Me atrevería a decir que la necesitan más de lo que necesitamos nosotros la suya. Ellos han ofrecido su vida por entero al Señor para poder servírnoslo en sus sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y la Confesión. Y eso al demonio no le hace ni pizca de gracia. Hará todo lo que pueda (y es mucho) para hacerlos caer, porque por mucho que sean pecadores como nosotros, un mismo pecado, máxime si es público, no tiene la misma repercusión en la Iglesia si es cometido por un laico que si es cometido por un sacerdote. Ahí tenéis los escándalos de pedofilia, el daño que han hecho a la Esposa de Cristo. Todos vemos cómo los medios de comunicación sacan rápidamente cualquier noticia morbosa que tenga como protagonista a un cura o a un obispo, mientras ignoran absolutamente el asesinato de alguno de ellos o su entrega absoluta en tantas misiones. Eso es así, y poco podemos influir en ello, porque sabemos quién es el príncipe de este mundo, a quien consciente o inconscientemente sirven la mayoría de esos medios. A nosotros lo que nos toca es rezar, y rezar mucho por ellos, así como apoyar, si se diera el caso, a alguno de nuestro hijos si viera que esa es su vocación. La Iglesia necesita sacerdotes, nosotros los necesitamos, el mundo los necesita. Y los necesitamos santos. 

Sin sacerdotes no hay Confesión, sin los sacerdotes no hay Eucaristía.



Recemos por ellos. Nos necesitan.

martes, 20 de noviembre de 2012

Está llamando, ¿lo oyes?


No sé si habéis caído en la cuenta, supongo que sí, pero nos morimos.

Cada vez me fijo más, y cuanto más lo hago más me gusta, en la distribución de los tiempos litúrgicos. Incluso en su consonancia con las distintas estaciones del año. Del mismo modo que celebramos la Resurrección de Cristo cuando toda la naturaleza sale de la "muerte" del invierno al nuevo florecer de la primavera, en noviembre, cuando empieza el frío y los días son más cortos, ayudando al recogimiento, ponemos nuestra mirada en aquello que a todos nos espera, la puerta por la que hemos de cruzar. Hemos celebrado el último domingo del Tiempo Ordinario, estamos a punto de iniciar el Adviento, y, en medio, la Solemnidad de Cristo Rey.

El sentido de las lecturas del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y las del I Domingo de Adviento es prácticamente el mismo. Las primeras, situadas al final del año litúrgico, en el mes de noviembre, nos sitúan en el final de este mundo, en ver que todo lo que tenemos aquí es pasajero, temporal, accesorio. Las segundas, estando al comienzo del Adviento, nos muestran, al igual que las anteriores, cuál debe ser la actitud del cristiano: de espera, sabiéndose peregrino, cuidándose de que las cosas del mundo no le adormezcan. ¿Y como nexo de unión? Jesucristo, Rey del Universo. Es Él realmente quien debe tener toda nuestra atención, de Él parte todo y hacia Él va. Nuestra vida y sobre todo nuestra muerte no tendrían sentido sin Él.

¡Viva Cristo Rey! Esta ha sido la frase que en la primera mitad del siglo XX, en México y en España, ha sustituido a aquella que pronunciaron tantos mártires ante los tribunales romanos: Christos Kyrios, Cristo es el Señor. Así lo ha recordado el obispo de Alcalá de Henares, monseñor Reig Pla, al celebrar una misa en el cementerio de Paracuellos del Jarama en memoria de aquellos que fueron martirizados a finales de 1936 por ser cristianos. Y también es algo que refleja muy bien la película Cristiada, que desde ya os recomiendo. 

En esta película se recrean los martirios de varios sacerdotes y laicos que hoy día son beatos o santos. (Spoiler) Es especialmente duro glorioso el de un chico que podía haber salvado su vida con unas simples palabras, pero que no quiere traicionar a Aquel con quien se ha encontrado a través de un sacerdote y de la fe de sus padres. Incluso su madre asiente orgullosa cuando su hijo exclama, ante la tumba abierta en la tierra, ¡Viva Cristo Rey! ¿Y qué dijo justo antes de morir? "Vuelvo a casa". 

¿Cuál es nuestra casa? ¿Realmente creemos que nuestra casa es el Cielo, que aquí estamos de paso? Entonces, ¿por qué vivimos tantas veces como si fuéramos a estar aquí para siempre, acumulando cuanto más mejor? O sabiendo que nos morimos pero, como si esta vida fuera lo mejor y lo que hay después de la muerte (si es que creemos que lo hay) algo extraño, borroso, que no tenemos muy claro, entonces tenemos que aprovechar el tiempo que tenemos. ¿En qué? Viajar, ver cosas, gustar placeres, etc. En definitiva, no "aprovechar" sino "gastar". Si tuviéramos más presente la muerte (desde la fe, claro), nuestra vida sería muy distinta. Porque cuando uno sabe que está aquí temporalmente y que a su vida definitiva sólo va a llevar las obras de amor, vive de otra forma. ¿Tiene televisión, coche, teléfono, ordenador, cámara de fotos, juegos, libros, etc.? Seguramente sí, pero no pone su felicidad en ellos. Es decir, que si le falta algo de eso, no pasa nada. ¿Viaja? Genial ¿No viaja? Lo mismo. ¿Va a un buen restaurante? Lo disfruta como el que más. ¿No se lo puede permitir? Pues no pasa nada. Y así con todo lo que se os ocurra. Como vimos en la carta a Diogneto: los cristianos vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Porque, viviendo así, daremos más importancia a lo que la tiene: ayudar en casa, consolar al que sufre, socorrer al pobre, alegrarse con el que se alegra. Como dijo el sacerdote en la homilía pasada, esas cosas sí caben en el ataúd, porque ya están hechas. Busquemos el Reino de Dios, y lo demás se nos dará por añadidura.
"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo."

jueves, 8 de noviembre de 2012

Al hilo del fallo del TC: cristianos en el mundo

No por esperado ha sido menos doloroso el fallo del Tribunal Constitucional avalando la constitucionalidad del mal llamado matrimonio homosexual. Algunos blogueros han hecho ya reflexiones sobre el tema: Bruno Moreno, Luis Fernando Perez (aquí y aquí), Juanjo RomeroEl Chascarrillo del Monaguillo o del padre Iraburu. Todos ellos son muy buenos y os recomiendo leerlos. Pero mi artículo de hoy viene más a raíz del de Todoerabueno.

Hace tiempo me contaron que a un sacerdote con fama de tener discernimiento le preguntaron que qué pensaba sobre la situación de la sociedad de hoy y la deriva que llevaba. Él contestó que estábamos volviendo a la normalidad. 

La época de la llamada Cristiandad ha sido muy buena. Ha servido para que el Evangelio haya llegado a sitios remotos, se asentara donde ya estaba, se pusieran las bases para la educación de hoy, la ciencia, el Derecho y los derechos, la economía y tantas otras cosas. Sin los siglos de Cristiandad nada de esto sería concebible, la sociedad occidental no sería lo que es. Eso es así, por mucho que le escueza a algunos. Pero esa época ha sido un paréntesis, el tiempo del que el Señor se ha valido para preparar el terreno de la viña y el trigo, roturarlo, abonarlo, sembrarlo. Pero hay viñas que no dan fruto y con el trigo ha crecido la cizaña. ¿Dónde hablan los Evangelios de que se fuese a instaurar el Reino en este mundo? ¿De que la sociedad se regiría por el Evangelio? ¿No hablan más bien del "Príncipe de este mundo"? ¿De que en el mundo tendremos persecución? ¿De que si a Él le han perseguido lo mismo harán con nosotros? ¿No hablan Jesús y san Pablo de una gran apostasía? ¿No dice Cristo que el que persevere hasta el final se salvará? ¿Porqué iba a decir eso si estuviese pensando en un mundo guiado por la luz del Evangelio? Como bautizados somos sacerdotes, profetas y reyes. Y si somos profetas tenemos que saber leer los signos de los tiempos, y estos dicen que la Cristiandad hace años que acabó, que los cristianos empezamos a ser incómodos cuando no molestos, que la Palabra de Dios se está cumpliendo.

¿Significa todo esto que debemos resignarnos y no hacer nada porque es algo que sucederá sí o sí, tratando de pasar desapercibidos y limitarnos a ir a nuestra Misa sin molestar? Para nada. Estamos llamados a ser la luz del mundo, porque el mundo está en tinieblas, como acaba de mostrar el Tribunal Constitucional. Tenemos que empezar a ser serios con lo que creemos. ¿Que un partido no defiende los principios básicos? Pues no se le vota. ¿Que no hay ninguno que lo haga? Pues votamos en blanco. Hay que acabar con el principio del mal menor, porque ese principio nos ha llevado a donde estamos. Un mal siempre será un mal, aunque en casos extremos pueda optarse por ese mal menor siempre que esto suponga un bien. Pero ahora mismo, políticamente hablando, ¿cumple el PP ese requisito? Hablo del PP porque es quien gobierna y quien ha aglutinado (espero que eso haya acabado) tradicionalmente el voto católico. Pero, ¿qué ha hecho el PP con el aborto, el matrimonio homosexual, EpC, el divorcio exprés, etc.? Sinceramente, si un católico vuelve a votar a este PP estará traicionando su fe.

Esta sentencia del TC, la victoria de Obama (profundamente pro-abortista), y lo que está por venir no tiene que ser para nosotros motivo de meter la cabeza en el suelo cual avestruz. Todo esto tiene que servir como acicate para encender nuestra fe, tantas veces tibia. Somos tan tontos que la mayoría necesitamos acontecimientos desagradables para volvernos al Señor, igual que le sucedía al pueblo de Israel. Y al igual que Israel, tenemos que rezar mucho para que el Señor nos ayude a volvernos a Él y a vivir como lo que somos, sus hijos.

Para terminar y para reflexionar, os dejo un fragmento de la magnífica Carta a Diogneto, que es absolutamente actual y puede ayudarnos a entender lo que son los cristianos en el mundo:
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen». Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Hoy una mixtura

Hoy he leído varios artículos de distintos (y muy buenos) blogs, todos ellos sobre temas diferentes y (en apariencia) inconexos. Por un lado está el artículo-foro de debate de Angelo sobre la afirmación de un chico en el vídeo que promocionaba el recientemente terminado Congreso Nacional de Pastoral Juvenil que decía (el chico) que lo fácil es creer en Dios pero que él ya no creía porque Dios no le había respondido. Luego está un artículo del padre Fortea que en pocas palabras demuestra lo fácil que caemos en la idolatría. Por otro lado tenemos el fantástico artículo-narración de Bruno Moreno donde vemos dónde nos puede llevar la "hoja de ruta" que nos marca el mundo para llegar a la felicidad. Finalmente están dos artículos del padre Jorge González, uno sobre la molestia de que suenen los móviles en Misa y otro sobre la peculiar forma que algunos tienen de diferenciar tipos de Misas.

Pues bien. Todos estos temas tienen un punto de unión muy claro, o, si lo preferís, una masa que los impregna todos y los convierte en un conjunto, como la que se echa sobre los frutos secos, las pasas, los trozos de fruta, chocolate o lo que queráis y tras pasar por el horno forman un bizcocho, sólo uno, pero con múltiples matices. Esa masa es el Evangelio de este domingo: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que estos. No lo digo yo, lo dice Jesús.

Si amamos al Señor sobre todo no haremos depender su existencia, como si nosotros fuésemos la medida del conocimiento, de que me hable o no. Porque el punto no es que me hable, sino que yo le escuche. Si le amamos sobre todo le pondremos como prioridad en nuestra vida, quitándonos tiempo de sueño para rezarle, cortando nuestra actividad a medio día para rezar el Ángelus, poniéndole en el centro de nuestro día, etc, cada uno sabe. Si Él es nuestro Señor no seguiremos las luces de neón donde el mundo nos dice que está la felicidad, porque tendremos claro que ésta está con Él, tengamos éxito laboral o no, seamos admirados por la sociedad o no, tengamos dinero o no. Si le amamos con todo nuestro ser tendremos la delicadeza con Él de silenciar o apagar el móvil al entrar en Misa, ya que vamos a encontrarnos en su presencia, se nos va a dar físicamente, nos vamos a hacer uno con Él, y además sabremos que esto sucede en cualquier Misa, nos guste más o menos la música, la homilía, la forma de celebrar, que sea de nuestro grupo o parroquia o de otra, que conozcamos a la gente o no. Será con Él con quien nos encontremos, y eso nos bastará.

¿Y amar al prójimo como a uno mismo? Tendríamos que preguntarnos cómo nos amamos. Lógicamente si nos despreciamos a nosotros, no desde la humildad sino desde el orgullo y la soberbia, difícilmente amaremos al prójimo. Tal vez lo envidiaremos, deseemos tener lo que tiene, pero poco más. El pecado nos lleva a la soledad, como sacaba al leproso del pueblo. Pero lo habitual es que nos queramos bien, que deseemos tener lo mejor, vivir bien, con tranquilidad, dormir el tiempo que consideramos adecuado, que nos quieran y nos tengan en cuenta, etc. Pues si amamos al prójimo como a nosotros mismos, querremos lo mejor para él, que esté a gusto, que viva bien, que pueda descansar, le trataremos bien. Cada uno sabe lo que esto le supone en casa, en el trabajo, en la parroquia, en su entorno de amigos o familiares. El cura este en la homilía puso un ejemplo muy gráfico: estás comiendo con otro en la mesa y sólo queda un huevo, y te apetece mucho comértelo. Pero tal vez también le apetezca al otro. ¿Amarás al prójimo como a ti mismo? Si los cristianos vivimos así, el chico del vídeo encontrará a alguien que le ame como es y que viviendo la fe se convierta en esa respuesta que no escuchó; combatiremos la idolatría que hace que dediquemos más tiempo a nuestras cosas, olvidando a nuestro prójimo (familia, amigos, pobres...); consideraremos éxito no medrar en la sociedad a costa de lo que sea y de quien sea, sino darnos a los demás a costa de nuestra comodidad y nuestro hacer "lo que nos apetece"; apagaremos el móvil, no sólo por amor a Dios, sino por no molestar a los demás, como no nos gusta que nos molesten; y no juzgaremos cómo celebran otros la Misa porque reconoceremos que nosotros mismos no podemos (ni debemos) actuar a gusto de todos y que nuestra opinión o nuestro gusto pueden estar equivocados. 

Que cada uno ponga sus propios ejemplos. No hay nada como aterrizar la Palabra de Dios para ver si se hace carne en nosotros o no. ¿Qué haremos con ese huevo?

viernes, 2 de noviembre de 2012

Santos, difuntos, nosotros.


Hoy la Iglesia (es decir, nosotros) celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos; ayer fue la fiesta de Todos los santos; antes de ayer por la noche, Halloween, o lo que es lo mismo, All Hallows Evenening, la Víspera de Todos los santos. Todo lo que yo pueda decir de esto sería poco, así que os quiero traer un extracto de las lecturas patrísticas del Oficio de Lecturas de estas dos solemnidades, ya que los que las escribieron saben de esto algo más que yo: san Ambrosio y san Bernardo.

En la Conmemoración de los fieles difuntos leemos esto de san Ambrosio:
En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte.
¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.
Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos. 

Y en la Fiesta de Todos los santos san Bernardo nos dice lo siguiente:
¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. 
Sólo quiero añadir algo que es de perogrullo, pero que a menudo olvidamos. La santidad, el llegar a la presencia de Dios, no depende tanto de cómo hayamos vivido cuando de cómo hayamos muerto. Pero está claro que si se ha vivido enfangado en el pecado es muy difícil que muramos en gracia de Dios, y del mismo modo, si se ha vivido intentando hacer cada día Su voluntad, en el momento de la muerte muy probablemente tengamos nuestras alcuzas llenas de aceite, de modo que entremos con el Esposo. Por supuesto, un pecador empedernido puede recibir la luz en el último instante y uno que ha vivido santamente puede renegar de Dios en ese mismo último instante. Pero son casos aislados. La muerte es la prueba final del campeonato que es la vida; si hemos entrenado bien, tenemos muchas posibilidades de obtener la victoria. Si no, no es que no ganaremos, sino que no querremos ni correr.

Acabo poniendo las últimas palabras de una carta de Pablo Domínguez a las clarisas de Lerma que sirve de introducción al libro "Hasta la cumbre", el cual recoge los últimos ejercicios espirituales que dirigió este sacerdote antes de morir en un accidente en el Moncayo. A mi me impresionaron la primera vez que las leí, y lo siguen haciendo:
No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud, sin hacer mención de la última de las llamadas de Consagración que para todos está cerca:  me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un “día y hora” que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el Don que nos espera, con que esperamos los acontecimientos de Consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo. ¡Lo que en el momento de la muerte tiene importancia, la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la vida!

 
 
 
 

 
 

lunes, 29 de octubre de 2012

Sin Dios no podemos amar

El viernes estuve viendo la película San Agustín, que os recomiendo para conocer un poco la vida de este enorme santo. Lo suyo es que leáis sus Confesiones, con mucha más enjundia que la película, pero ésta "solo" dura 3 horas, mientras que el libro os puede llevar bastante más. Pero bueno, a lo que iba. Hacia el final de la película, el obispo Agustín celebra varios matrimonios al mismo tiempo, antes de que los Vándalos tomen la ciudad. En esa ceremonia dice unas palabras que me encantaron y que supuse que estarían sacadas de algún texto suyo, y así es. La frase es esta:
Ama y haz lo que quieras - si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.
Aunque esta debería ser la actitud de cualquier cristiano, quiero aplicarla, siguiendo la idea de la película, al matrimonio, ya que Dios ha querido que este sacramento sea el que mejor haga visible el amor trinitario: el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, surgiendo de ambos el Espíritu Santo (por favor, corregidme los que sepáis Teología trinitaria si he metido la pata). Así, los esposos se aman y de ellos surge la vida, los hijos.

Pero para entender esto hay que tener claro qué es el amor. Y en el mundo de hoy esta palabra está más que desvirtuada. Está pervertida. Se ha reducido el amor a poco más que pasión, deseo, cariñitos, etc., y todo ello lo más alejado posible del sufrimiento. Si hay sufrimiento, no hay amor. De ahí los divorcios, suicidios, abortos, eutanasias... Al menor atisbo de dolor, la gente huye hacia adelante. Y es normal, ya que si uno cree que con la muerte se acaba todo, el sufrimiento le recuerda constantemente esa muerte. Pero a nosotros, los cristianos, se nos ha anunciado algo muy distinto. Se nos ha dicho que ha habido Uno que, por amor a nosotros, "aprendió, sufriendo, a obedecer", llegando a dar la vida para salvarnos. Eso es el amor, dar la vida para que el otro la tenga, renunciar a nosotros para que el otro sea feliz. Y, del mismo modo que Cristo resucitó, demostrando así que la muerte no tiene dominio sobre nosotros, cuando damos, aunque sea un poco, la vida por los demás, experimentamos que no morimos, que al vaciarnos nos llenamos, en definitiva, que la felicidad está en entregarnos a los demás. Y esto es algo que se vive a diario en el matrimonio y la familia. Por eso la Iglesia no se cansa de decir que la familia es la iglesia doméstica, la célula esencial de la sociedad, donde se transmite en primer lugar la fe, donde se aprende a vivir. Porque en una familia donde está Cristo, la mujer se da al marido sin condiciones, igual que el marido a la mujer. Los hijos aprenden a obedecer a sus padres y a compartir con los hermanos, saliendo así del egoísmo. Los padres, y muy especialmente las madres, dan la vida por sus hijos, entregándoles su tiempo, su no dormir, incluso su cuerpo en los embarazos, dándose físicamente para que otro reciba la vida. Y así tantas cosas, tantos momentos. 

Por eso es tan importante vivir la fe, nutrirse de los sacramentos, empaparse de las Escrituras y rezar, rezar, rezar (y en la medida de lo posible, el matrimonio junto). Todo esto nos iluminará para ver la acción de Dios en nuestra vida, para experimentar su Amor. Y así, experimentándolo, lo daremos nosotros -porque nadie da de lo que no tiene- en cada momento del día, ya callemos, gritemos, corrijamos, enseñemos, limpiemos, madruguemos, cocinemos, preparemos la mesa, la recojamos, vayamos a la compra, al trabajo o lo que sea que hagamos. Con el Espíritu Santo siempre lo haremos todo por amor.

jueves, 25 de octubre de 2012

Abrid las puertas

Hace unos días vi este breve vídeo en el que un sacerdote francés explica el milagro que se ha producido en su parroquia, en un barrio islamizado de Marsella: 


Estoy absolutamente de acuerdo con él. El Sínodo de los obispos sobre la Nueva Evangelización, las JMJ, los encuentros y congresos internacionales de los diferentes actores de la sociedad (comunicadores, científicos, filósofos, artistas, políticos, etc.), y tantas otras iniciativas están muy bien, pero ¿se pueden esperar resultados si las puertas de las iglesias están cerradas?

La mayoría de las iglesias que conozco tienen unos horarios muy marcados que suelen reducirse a Misa y despacho. Todo lo demás gira a su alrededor: adoración al santísimo, rosario o confesiones, antes o después de la Misa. Gestión de expedientes matrimoniales, bautizos, confirmaciones, catequesis -de niños, por supuesto- en horas de despacho. Esto podría estar bien para lo que asistimos asiduamente, pero, ¿y los demás? ¿Qué pasa si la señora Pepa o el señor Juan, a la que van a la compra quieren pasar dos minutos a saludar al Señor en el Santísimo? ¿O si alguien que lo esté pasando mal en un momento dado pasa delante de una iglesia y siente la necesidad de entrar y rezar o buscar un sacerdote? Pues si tienen suerte de pillar los breves horarios de apertura, bien. Si no, perderán una oportunidad preciosa de encontrarse con Dios.

Cuando hice el Camino de Santiago, desde Roncesvalles, fueron contadas las iglesias que encontré abiertas. Puedo entender que en los pueblos es complicado, ya que un mismo sacerdote puede llevar muchos, pero si ni siquiera en el Camino se abren para los peregrinos, ¿qué se puede esperar en las demás?

Este sacerdote dice algo muy serio: si no se abren las puertas todo el tiempo que se pueda (él lo hace 12 horas al día), la sensación que puede dar a mucha gente es que la Iglesia no tiene nada que ofrecer; abre para los que ya están "enganchados" y listo. Esto también es consecuencia, a mi modo de ver, del "espíritu funcionarial" que está en mucho sacerdotes: celebran las Misas que les toca, si tienen que confesar un rato antes de la celebración lo hacen, y luego los expedientes que toquen, todo ello porque toca, porque es lo que tienen que hacer. Este es uno de los grandes peligros que tiene el sacerdocio y la soledad asociada a él, y que muchas veces podemos fomentar los feligreses, clericalizando al cura, creando una especie de burbuja a su alrededor, como si no necesitara de nadie, como si los lazos humanos no fueran con él. Tenemos que cuidar a nuestros sacerdotes.

Pero, volviendo al asunto, ¿tan difícil es hacer lo que hace este sacerdote? Como he dicho, en las iglesias de pueblo es casi imposible, pero en el resto, si el párroco sólo tiene esa iglesia a su cargo, o dispone de vicarios parroquiales, creo que sería casi obligatorio que abrieran las puertas a la gente todo el día. ¿Que se pueden producir robos o vandalismo? Puede, ¿y qué? ¿Para qué están las iglesias? ¿Para guardar cosas o para que la gente se encuentre con Dios? Otra objeción podría ser que apenas irá gente fuera de las horas normales. ¿Hace falta recordar la parábola de la oveja perdida y las 99 que están con el pastor? Con que una sola persona entrase a rezar, valdría la pena.

Yo, personalmente, me he quedado en alguna ocasión sin poder entrar a rezar en algún momento. Y como yo seguro que muchos. Y creo que es un déficit importante. Está muy bien y es necesario que se hable de la Nueva Evangelización, que vivamos el Año de la Fe, que se organice la Misión Madrid, que tratemos de evangelizar en Internet, pero, como se suele decir, hay que empezar por casa. Abrid las puertas de la parroquia, con lo que ello supone: exposición del Santísimo, más horas de confesionario, que cualquiera pueda entrar a rezar durante el día, sea la hora que sea. Los cristianos lo necesitamos. La Iglesia lo necesita. El mundo, los paganos de hoy, lo necesitan.

lunes, 22 de octubre de 2012

Beato Juan Pablo II


La oración final de las Laudes de hoy, lunes de la semana I, dice así:
"Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin."
La Iglesia, guiada como está por el Espíritu Santo, no da puntada sin hilo. Por eso, el primer día laborable del ciclo de cuatro semanas, en la oración de la mañana, pide esto al Señor. Y, sinceramente, se me antoja difícil poder definir en menos palabras y con más claridad lo que es la vida cristiana. Es decir, vivir y obrar, en todo, por y para Dios, con su ayuda, siempre. 

Pero hoy, además de ser lunes de la semana I del salterio, por una de esas "casualidades" que a veces se producen en el año litúrgico, se festeja la memoria del Beato Juan Pablo II, tan querido por todos (o por la mayoría, que de todo hay). Y diréis, ¿qué tienen que ver las dos cosas? Pues muy fácil: lo que pide esa oración se ha cumplido en él. Toda su vida está jalonada por acontecimientos, decisiones, actuaciones y hechos en general en los que el Señor ha obrado en su vida y a través de ella. Hasta tal punto se dejó guiar por Dios que me atrevo a decir que la Iglesia no sería lo que es sin su pontificado. Es cierto que estamos en un tiempo difícil, incluso de crisis, como ha señalado sin miedo Benedicto XVI, pero si esta crisis no es más profunda se lo debemos a Juan Pablo II. El resurgir de la fe en tantos jóvenes (entre los que me cuento), de asociaciones, grupos, movimientos, medios de comunicación, sobre todo Internet, se podría decir que es el fruto de aquellas primeras palabras suyas: "No tengáis miedo a abrir las puertas a Cristo". El beato Juan Pablo II dio literalmente la vida por Cristo. Sin contar todo por lo que pasó y llevó a cabo antes de ser elegido Papa, lo primero que hizo como pontífice fue ir a la boca del lobo, congregando a millones de personas en su Polonia natal y encendiendo una mecha que causó la desintegración del comunismo 10 años después; algunos que intuían lo que este hombre podía hacer intentaron asesinarlo, causándole una serie de sufrimientos físicos que le acompañaron el resto de sus días; plantó cara al peligro de la teología de la liberación, llegando a reprender, en una imagen de sobra conocida, a un sacerdote sandinista nada más aterrizar en Nicaragua; se embarcó en un proyecto que muchos creían que tardaría muchos años, si es que llegaba a realizarse: el Catecismo de la Iglesia Católica, sin el cual no entendemos la Iglesia de hoy; viajó a lo largo y ancho del mundo, uniendo en torno a su figura y, por tanto, en torno a Cristo, a millones y millones de personas, por muy débil que estuviera -¿quién no recuerda el viaje de 2003 a España?-, cuando podía haber llevado una vida mucho más tranquila sin salir del Vaticano, lo cual nadie le habría reprochado, porque no existía la costumbre de realizar esos viajes; atacó los excesos del capitalismo en EEUU y del comunismo en Cuba; y, por supuesto, instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud, que demostraron y demuestran que la Iglesia tiene una fuerte base de jóvenes y, más importante si cabe, que es atractiva para los jóvenes, en contra de la opinión generalizada y sin necesidad de caer en ñoñerías cursis, que todos hemos visto alguna vez, dejando claro como también ha hecho Benedicto XVI que, lejos de echar a los jóvenes, plantear el Evangelio en toda su radicalidad, sin edulcorar, es la mejor forma de atraerlos y afianzarlos en Cristo.

Muchas otras cosas ha hecho y dicho Juan Pablo II. Seguramente cada uno tiene algún recuerdo especial. Mi intención ha sido sólo resaltar algunas que he recordado a vuelapluma. Por todas estas y más demos gracias hoy a Dios por su siervo, el beato Juan Pablo II, y al mismo beato por haber dejado que la gracia inspire, sostenga y acompañe sus obras, para que su trabajo haya comenzado en Dios, como en su fuente, y haya tendido siempre a Él, como a su fin. Por eso hoy es beato y seguro que muy pronto lo aclamaremos como santo.


viernes, 19 de octubre de 2012

La alegría cristiana

¿Quién no ha oído alguna vez decir que el cristianismo es una religión oscurantista, que hace vivir a la gente reprimida, que todo lo bueno lo considera pecado, etc.? Y lo peor no es eso, sino que a veces nos lo hemos creído, pensando que todo gira en torno a nuestro pecado. Nos revolcamos en nuestro pecado, repitiéndonos lo malos que somos, que no cambiaremos nunca, y así, usando al Señor como nuestro Don Limpio particular. Cuando vivimos así nuestro cristianismo estamos dando la razón a esos críticos. ¡Y eso no es ser cristiano! Por supuesto que debemos ser conscientes de nuestro pecado, arrepintiéndonos de él y confesándolo, pero sin perder jamás de vista que somos hijos de Dios

¿Cómo puede no alegrarnos que Dios nos haya hecho hijos Suyos? ¿Que nos dé a comer Su cuerpo, dándonos así de su naturaleza? ¿De verdad pensamos que es mejor "disfrutar" del sexo sin medida? ¿Tener dinero a toda costa y cuanto más mejor? En definitiva, hacer lo que queramos, cuando queramos y como queramos, sin pensar en las consecuencias. ¿Da eso la felicidad? 

El problema está en que nos han cambiado el agua, nos han vendido que la felicidad son los finales de las películas de Disney, la sonrisa de oreja a oreja, el que todo nos vaya como queremos, sin sobresaltos, que con sufrimiento no se puede ser feliz. Salud, dinero y amor. Y Dios en la sacristía, como mucho para confesarnos de vez en cuando y lavar nuestra conciencia. Y eso solo lleva a la esclavitud al placer inmediato y a la depresión. Lo primero porque, al no haber más allá de esta vida, al tener que buscar esa felicidad de lsd, la única forma es la que dijo san Pablo: comamos y bebamos que mañana moriremos. Y, lógicamente, esto lleva al segundo punto, porque, por más que nos esforcemos, nada ajeno a nosotros puede darnos la felicidad, lo cual nos lleva a la pérdida de la esperanza. Y no hay nada más triste que no tener esperanza. Este es el fruto de vivir sin Dios, el fruto del pecado.

En cambio, el cristianismo lo que nos ofrece es ser señores de nuestra vida. Teniendo a Cristo como nuestro señor, dominaremos lo que nos domina cuando estamos sin Él. Porque el deseo de vivir bien no es malo en sí mismo, tampoco el deseo sexual, ni el querer descansar, ni el no querer sufrir, ni el querer darle a nuestros hijos una vida más cómoda, etc. El problema llega cuando absolutizamos algo de esto, cuando lo ponemos en un pedestal y nos arrodillamos ante él, esperando que nos dé una vida plena. El cristiano desea vivir bien, pero sabe que en las dificultades también está Dios y se pueden vivir con tranquilidad; tiene deseo sexual, pero lo domina sabiendo que la sexualidad no es sólo genitalidad y que las relaciones sexuales son un don del Señor que hace que dos personas, que se han unido sacramentalmente ante Él, se hagan una sola, siendo así imagen de la Trinidad, de modo que el otro no es algo que poseer o usar, sino alguien a quien darme; sabemos que es bueno descansar, pero no si lo hacemos con egoísmo o con pereza, haciendo que nuestro descanso se convierta en sufrimiento para el otro; no nos gusta sufrir, pero sabemos, con confianza, que Dios permite todo para nuestro bien, que el sufrimiento, llevado con Él, nos purifica, y que si el mismo Cristo aceptó la cruz por amor a nosotros y para salvarnos, nosotros podemos ofrecer nuestros sufrimientos por los demás; queremos lo mejor para nuestros hijos, pero eso no siempre implica evitarles sufrir, porque sabemos que Dios tiene una historia con cada uno de ellos, y, además, si para nosotros lo mejor es haber encontrado a Dios, al Amor, ¿no será eso lo primero que queramos que tengan? Como me dijo un amigo un día, "no se si podré dar a mis hijos todo lo que quieran, pero sí todo lo que necesiten", es decir, la fe. Y así podríamos seguir con tantas cosas y deseos que pervertimos y que el Señor nos enseña a purificar. Así seremos felices, viviendo como hijos de Dios. Porque además, viviendo así, dejaremos de ver en el prójimo una amenaza a nuestro yo y veremos con nuevos ojos todo lo que nos rodea. Incluso la muerte. 


Y por la hermana muerte,
loado mi Señor.
Ningún viviente escapa
de su persecución
¡Ay, si en pecado grave
sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen
la voluntad de Dios
!No probarán la muerte
de la condenación
¡Servidle con ternura
y humilde corazón!
¡Agradeced sus dones,
cantad su creación!
Las criaturas load a mi Señor.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Testigos y mártires


En los últimos días han surgido varias noticias, aparentemente inconexas, que ponen el foco, a quien lo quiera ver, en la persecución. Por un lado, la Ministra de Educación de Ontario anunció una nueva ley que impedirá que en los colegios católicos se enseñe que el aborto es algo malo en sí mismo. Mientras tanto, en Toledo, el alcalde ha amenazado a una parroquia porque ha puesto un cartel anunciando catequesis, ya que al parecer incumple la normativa municipal, aunque parece ser que el señor alcalde no es tan fiel a esta ley en otros casos. Por último, ayer apareció una noticia que dice que, en los últimos 10 años, los ataques contra los cristianos en el mundo han aumentado un 300%. A esto le podríamos sumar las acusaciones de blasfemia contra cristianos en Pakistán o Egipto, los asesinatos y quema de iglesias en Nigeria, el ataque a una capilla universitaria en España, la retirada de crucifijos en las aulas, la exclusión deliberada de la mención al cristianismo en la fallida Constitución Europea, la campaña por airear, cuantos más casos mejor, la pederastia por parte de sacerdotes, sean ciertos o no (cuando se demuestran falsos, no hay retractación en los medios), el acoso, incluso físico, a algunos peregrinos de la JMJ de Madrid, las constantes blasfemias y burlas que podemos ver algunas series, el linchamiento social al obispo de Alcalá de Henares por llamar al pan, pan y al vino, vino, etc. 

La primera conclusión que saco de esto, es que los cristianos debemos estar haciendo algo bien, ya que la persecución viene cuando se sigue a Cristo. Cuando nos seguimos a nosotros es cuando los que están contra la Iglesia nos soban el lomo. Ahí tenemos a los Tamayo, Queiruga, Forcades y compañía, tan queridos por la progresía eclesial y por los medios de izquierdas o simplemente anticatólicos. 

La segunda conclusión es que tenemos que estar preparados para el martirio, como explica mejor que yo en su blog el padre Jorge González. ¿Pensamos acaso que los mártires de la Guerra Civil sospechaban 10 años antes lo que se les venía encima? Imagino que no. Y el martirio no se improvisa. Viene como anillo al dedo para esto la memoria que hoy celebra la Iglesia, san Ignacio de Antioquía. Si no habéis rezado laudes o no habéis leído la lectura propia del Oficio de Lecturas, os invito a hacerlo, aunque sea de sobra conocida. El martirio se prepara toda la vida, con las pequeñas y grandes renuncias que se nos presentan cada día. No se trata de estar pensando que en cualquier momento no pueden querer matar o de apretar los puños y los dientes y, por nuestras narices, aceptar todo lo que nos venga. Se trata de ser fieles al Señor, de rezarle cada día, de acudir a los sacramentos con frecuencia. ¿Cuántas veces no hemos dejado de rezar porque "no nos apetecía"? Yo muchas. Y como esto, en cualquier faceta de la vida. El que quiera salvar su vida, la perdera dice Jesús en el Evangelio, y de forma similar en los Proverbios se dice que la despreocupación perderá al insensato (Pro 1, 32). Si tratamos de vivir teniendo esto presente, haciendo el esfuerzo que tantas veces supone, el Señor nos lo recompensará estando con nosotros. Así se puede ser mártir si el Señor así lo tiene previsto. Aunque puede ser que no tengamos que llegar a tanto. 

La última conclusión enlaza con la anterior. Es cierto que tal vez no tengamos que llegar a derramar la sangre por Cristo. Pero es igual de cierto que a la sociedad de hoy ya no le valen las palabras (o solamente las palabras). El mundo de hoy está pidiendo a gritos testigos del Evangelio. Y un testigo veraz es el que une sus palabras y su vida. De nada vale que anunciemos el Evangelio a alguien, que le digamos lo mucho que nos ayuda, lo importante que es, cómo ha cambiado nuestra vida, si luego ese alguien ve que al primer problema renegamos y nos cabreamos como el que más, ya sea porque viene un embarazo que "no nos viene bien en ese momento", que nos congelen o bajen el sueldo, que vayamos al paro, que haya muerto alguien querido para nosotros, o simplemente que esa noche nuestros hijos no hayan dormido y por tanto nosotros tampoco.  Es en estas cosas donde de verdad "evangelizamos". Si se viven con Dios, el que está enfrente se preguntará por qué no te hundes en esa situación, porqué no despotricas contra la vida o contra Dios, porqué no estás amargado. Ese será el mejor abono para las palabras que mal o bien podamos decirles. En nuestra sociedad la gente tiene ya una idea preconcebida y distorsionada de la Iglesia y del Evangelio, por eso es tan difícil la evangelización pura y dura; por eso se ha "inventado" la Nueva Evangelización, de la que están tratando los obispos en el Sínodo de Roma. Y por eso tenemos que ser especialmente fieles al Señor y prudentes en nuestro comportamiento, porque, como decía el otro día, los que nos rodean no van a ir a preguntar a un cura sobre la Iglesia. En principio ni siquiera se harán preguntas porque creen saber lo necesario. Nuestra vida y cómo la vivimos es la que puede hacer que les surjan esas preguntas o que se confirmen las ideas que ya tienen. Por eso es tan necesaria la oración. Sí, ya sé que lo digo en todas las entradas, pero es que es así. Si no, mirad cuántas veces Jesús se retira a orar, cuántas veces dice a sus discípulos que tienen que rezar, que hay demonios que sólo se vencen con mucha oración, cómo san Pablo dice que oremos constantemente. Si no rezamos, estamos perdidos.

Os dejo aquí un magnífico vídeo que explica mucho mejor que yo esto del testimonio. Es un poco largo, pero tenéis que verlo entero.


martes, 16 de octubre de 2012

El Enemigo

El domingo vi la película El Exorcista. Ha sido la primera vez, ya que antes no había tenido la oportunidad de hacerlo, y ya tenía ganas, porque había oído hablar bien de ella, sobre todo a algún exorcista, lo cual no es mala publicidad para el film. Pero debo reconocer que mi deseo de verla no era por su calidad cinematográfica o porque me gusten las películas de miedo (que no es el caso), sino por el tema que trata: la acción del demonio en el mundo y la lucha de la Iglesia contra él.

De un tiempo a esta parte estoy algo sensibilizado con el tema, tras leer algún libro, artículos, comentarios donde se cuenta esta acción demoníaca en personas concretas, no sólo posesiones, sino fuertes tentaciones o ataques físicos (por ejemplo, al Padre Pío). Y estas lecturas me han llevado a pensar en el gran déficit de predicación sobre esto que hay en la Iglesia. El exorcista Gabriele Amorth ha dicho en varias ocasiones lo que en la película encarna muy bien el padre Karras: muchos pastores (obispos y presbíteros) no creen en las posesiones porque apenas creen en el demonio. A lo sumo, como tanta gente cree, como algo impersonal, una tendencia al mal, pero nunca una inteligencia ajena a nosotros que busca nuestra perdición. Y parece que esta increencia ha ido pareja a la secularización galopante de los últimos 40 años. No soy quién para decir qué ha sido antes, si el no creer en el diablo ha llevado a la secularización o al revés. Lo que está claro es que están unidos. Dice san Pedro: "Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe." Si el demonio no existe, ¿para qué voy a ser sobrio, estar alerta o estar firme en la fe? Y viceversa: si no estoy firme en la fe, no soy sobrio ni permanezco alerta, ¿qué resistencia estoy oponiendo al maligno? El buenismo en la predicación, el querer llevarse bien con todos sacrificando la Verdad, el pretender que Jesús era un hippy majete amigo de sus colegas y que la Iglesia tiene que actualizarse (es decir, claudicar) nos ha llevado a la apostasía actual en las sociedades hasta hace poco cristianas.

Pero si nos quedáramos en los errores doctrinales de algunos (muchos o pocos) de los que se supone deben defendernos y prevenirnos del padre de la mentira, estaríamos ignorando la parte principal del asunto: ¿Creemos nosotros en el demonio? ¿Somos conscientes de que hay uno que trata cada día de explotar nuestra tendencia al pecado para separarnos de Dios y tratar de que nos condenemos? Porque, lo creamos o no, es así. ¿O es que Jesús no fue tentado? ¿No expulsó demonios y dio poder a sus discípulos para hacerlo? ¿No nos previno del que puede llevar alma y cuerpo al infierno? ¿No nos dijo que, cuando nuestras obras no son de Dios, nuestro padre es el demonio? ¿Acaso no hablaron de él san Pablo, san Juan, san Pedro? ¿No dice el Apocalipsis que el diablo hace la guerra a los que mantienen el testimonio de Jesús? Con todas estas cosas queda muy claro que el demonio existe y que no le hace ni pizca de gracia que sigamos a Jesucristo. Por eso es tan importante no olvidarlo y tenerlo en cuenta, no por miedo, ya que estamos del lado ganador, pero si porque, si nos conocemos, sabemos que no podemos fiarnos de nosotros. Retomando la última frase que he puesto de san Pedro, resistidle firmes en la fe, creo que este Año de la Fe es buen momento también para fortalecernos en esta lucha. Y la mejor manera no es otra que rezar. Rezar, rezar y rezar. Sin descanso, sin desfallecer, aunque nos cueste, aunque tengamos que hacernos violencia. Retomar el rosario, como nos ha pedido el Papa, la Liturgia de las Horas, ir a Misa entre semana. De este modo, lo que se podría convertir en nuestra perdición, las asechanzas del demonio, se convertirá en lo que nos ayudará a acercarnos más al Señor. 

Por si os puede ser de ayuda en algún momento, os traigo aquí la oración a san Miguel Arcángel que hasta la reforma de la liturgia se rezaba al finalizar la Misa (tal y como se sigue haciendo en la Forma Extraordinaria). Cabe preguntarse si el quitar esta oración ha sido debido a la increencia de la que hablaba al principio. Quiero pensar que no. Esta oración se dice que la mandó rezar en todas las Misas el Papa León XIII tras tener una visión en su capilla privada del Vaticano en la que vio lo que el demonio iba a hacer en el mundo y en la Iglesia y cómo san Miguel Arcángel le derrotaba; tras retirarse a su despacho escribió esta oración, dándosela media hora más tarde a su secretario para que la enviara a todos los obispos con el mandato de rezarla tras las Misas:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.

Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.


Reprímale Dios, pedimos suplicantes,


y tú príncipe de la milicia celestial,


arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos


que andan dispersos por el mundo


para la perdición de las almas.


Amén





jueves, 11 de octubre de 2012

Vivir la Fe

Hoy ha comenzado el Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI con ocasión del 50º aniversario del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II y del 20º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. La mejor forma de saber qué es esto del Año de la Fe y qué pretende el Papa con él es leer la Carta Apostólica "Porta Fidei", publicada hace justo un año y con la que Su Santidad convocaba esta celebración. Así que, siguiendo el hilo de la entrada de ayer, os invito a leerla con atención. ¿No vas a leer una carta que te escribe tu padre?

Mientras decidís si leer la carta o no, os traigo como aperitivo un fragmento de la homilía pronunciada por el Santo Padre en la Misa de apertura de este Año de la Fe. Si algo tiene este Papa es una claridad y sencillez para expresar su pensamiento y exponer la fe de la Iglesia que ya quisieran muchos. Por eso creo que necesitaréis poca aclaración después de leer esto:
"Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos.[] En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino.[] Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años."
 He intentado resaltar en negrita varias frases, pero acababa marcando todo. Tras leerlo varias veces y haciendo un esfuerzo he señalado la que véis. Tal vez me ha traicionado el subconsciente y me he quedado con la que más me denuncia. ¿Realmente doy testimonio de una vida nueva, transformada por Dios? Mucho me temo que no. La mayor parte del tiempo vivo como si la fe fuese ajena a mi o, como mucho, un añadido, un plus, una "actividad extraescolar" podríamos decir, algo no esencial. Consumismo, materialismo, egoísmo, vivir como si no existiese la Providencia y, en ocasiones, sin esperanza, son demasiado a menudo características de nuestras vidas. Por eso es tan importante tener presente lo que he comentado en días pasados: ser conscientes de que somos ejemplo (bueno o malo) para otros, buscar ejemplos para nosotros que nos hagan ver que es posible ser fieles a Dios (los santos), desear conocer nuestra fe y hacerlo a través de la doctrina que nos propone la Iglesia (que es nuestra Madre), y cuidar con el máximo amor nuestro trato con Jesucristo en su Cuerpo y en su Sangre. Y hoy quiero recordar otra arma o herramienta, como prefiráis decirlo, aunque con propiedad hay que llamarlo Sacramento: la Confesión. Porque sin una buena confesión es imposible reconducir nuestra vida. Si estamos en pecado, no sólo no seremos ejemplo para nadie, sino que ni siquiera nos importará. Nos resbalará la vida de los santos, la doctrina, lo que diga el Papa, el obispo o quien sea. Y lo mismo se puede decir de la Comunión. Lo mismo nos dará tomarla que no tomarla. Es imprescindible que nos confesemos, y además, a menudo. Y en este Sacramento es esencial, central, hacer un buen examen de conciencia, unido al dolor de los pecados. ¿Cuántas veces nos hemos confesado sin casi haberlo preparado? ¿No nos damos cuenta de que el examen de conciencia no es tanto para acordarnos de nuestros pecados y preparar la "lista" que le vamos a decir al confesor cuanto para analizarnos detenidamente, viendo en qué tenemos que cambiar, dónde nos tiene que sanar el Señor? Esto es más importante que si lo que me ha dicho el confesor me ayuda más o menos o que si me "siento bien" tras la confesión. Si queremos un cura que de verdad nos ayude en nuestra vida de fe, lo que necesitamos es un director espiritual, no el primer cura que pillemos cada x meses. Y si queremos sentirnos bien, lo conseguiremos con ese buen examen de conciencia, porque sabremos realmente qué inmundicias nos ha limpiado el Señor y le estaremos realmente agradecidos. Así comenzaremos a tener una fe vivida, a dar un testimonio de una vida nueva, transformada por Dios. 

Para acabar, os dejo unas palabras pronunciadas por el cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, en el Sínodo de los Obispos que está teniendo lugar. Son las que me han hecho centrar la atención en la Confesión (por eso es bueno leer a nuestros pastores):
Nos hemos ocupado mucho en reformar estructuras, sistemas, instituciones y a la gente más que a nosotros mismos. Sí, esto es bueno. Pero la respuesta a la pregunta: “¿Qué es lo que va mal en el mundo?” no es la política, la economía, el secularismo, la contaminación, el calentamiento global… no. Como escribió Chesterton: ‘La respuesta a la pregunta ‘¿Qué es lo que va mal en el mundo? son dos palabras: Soy yo’”.
¡Soy yo! Admitir esto lleva a la conversión de nuestro corazón y al arrepentimiento, el centro de la invitación del Evangelio. Esto sucede en el Sacramento de la Penitencia. Este es el sacramento de la Nueva Evangelización
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