lunes, 29 de octubre de 2012

Sin Dios no podemos amar

El viernes estuve viendo la película San Agustín, que os recomiendo para conocer un poco la vida de este enorme santo. Lo suyo es que leáis sus Confesiones, con mucha más enjundia que la película, pero ésta "solo" dura 3 horas, mientras que el libro os puede llevar bastante más. Pero bueno, a lo que iba. Hacia el final de la película, el obispo Agustín celebra varios matrimonios al mismo tiempo, antes de que los Vándalos tomen la ciudad. En esa ceremonia dice unas palabras que me encantaron y que supuse que estarían sacadas de algún texto suyo, y así es. La frase es esta:
Ama y haz lo que quieras - si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.
Aunque esta debería ser la actitud de cualquier cristiano, quiero aplicarla, siguiendo la idea de la película, al matrimonio, ya que Dios ha querido que este sacramento sea el que mejor haga visible el amor trinitario: el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, surgiendo de ambos el Espíritu Santo (por favor, corregidme los que sepáis Teología trinitaria si he metido la pata). Así, los esposos se aman y de ellos surge la vida, los hijos.

Pero para entender esto hay que tener claro qué es el amor. Y en el mundo de hoy esta palabra está más que desvirtuada. Está pervertida. Se ha reducido el amor a poco más que pasión, deseo, cariñitos, etc., y todo ello lo más alejado posible del sufrimiento. Si hay sufrimiento, no hay amor. De ahí los divorcios, suicidios, abortos, eutanasias... Al menor atisbo de dolor, la gente huye hacia adelante. Y es normal, ya que si uno cree que con la muerte se acaba todo, el sufrimiento le recuerda constantemente esa muerte. Pero a nosotros, los cristianos, se nos ha anunciado algo muy distinto. Se nos ha dicho que ha habido Uno que, por amor a nosotros, "aprendió, sufriendo, a obedecer", llegando a dar la vida para salvarnos. Eso es el amor, dar la vida para que el otro la tenga, renunciar a nosotros para que el otro sea feliz. Y, del mismo modo que Cristo resucitó, demostrando así que la muerte no tiene dominio sobre nosotros, cuando damos, aunque sea un poco, la vida por los demás, experimentamos que no morimos, que al vaciarnos nos llenamos, en definitiva, que la felicidad está en entregarnos a los demás. Y esto es algo que se vive a diario en el matrimonio y la familia. Por eso la Iglesia no se cansa de decir que la familia es la iglesia doméstica, la célula esencial de la sociedad, donde se transmite en primer lugar la fe, donde se aprende a vivir. Porque en una familia donde está Cristo, la mujer se da al marido sin condiciones, igual que el marido a la mujer. Los hijos aprenden a obedecer a sus padres y a compartir con los hermanos, saliendo así del egoísmo. Los padres, y muy especialmente las madres, dan la vida por sus hijos, entregándoles su tiempo, su no dormir, incluso su cuerpo en los embarazos, dándose físicamente para que otro reciba la vida. Y así tantas cosas, tantos momentos. 

Por eso es tan importante vivir la fe, nutrirse de los sacramentos, empaparse de las Escrituras y rezar, rezar, rezar (y en la medida de lo posible, el matrimonio junto). Todo esto nos iluminará para ver la acción de Dios en nuestra vida, para experimentar su Amor. Y así, experimentándolo, lo daremos nosotros -porque nadie da de lo que no tiene- en cada momento del día, ya callemos, gritemos, corrijamos, enseñemos, limpiemos, madruguemos, cocinemos, preparemos la mesa, la recojamos, vayamos a la compra, al trabajo o lo que sea que hagamos. Con el Espíritu Santo siempre lo haremos todo por amor.

jueves, 25 de octubre de 2012

Abrid las puertas

Hace unos días vi este breve vídeo en el que un sacerdote francés explica el milagro que se ha producido en su parroquia, en un barrio islamizado de Marsella: 


Estoy absolutamente de acuerdo con él. El Sínodo de los obispos sobre la Nueva Evangelización, las JMJ, los encuentros y congresos internacionales de los diferentes actores de la sociedad (comunicadores, científicos, filósofos, artistas, políticos, etc.), y tantas otras iniciativas están muy bien, pero ¿se pueden esperar resultados si las puertas de las iglesias están cerradas?

La mayoría de las iglesias que conozco tienen unos horarios muy marcados que suelen reducirse a Misa y despacho. Todo lo demás gira a su alrededor: adoración al santísimo, rosario o confesiones, antes o después de la Misa. Gestión de expedientes matrimoniales, bautizos, confirmaciones, catequesis -de niños, por supuesto- en horas de despacho. Esto podría estar bien para lo que asistimos asiduamente, pero, ¿y los demás? ¿Qué pasa si la señora Pepa o el señor Juan, a la que van a la compra quieren pasar dos minutos a saludar al Señor en el Santísimo? ¿O si alguien que lo esté pasando mal en un momento dado pasa delante de una iglesia y siente la necesidad de entrar y rezar o buscar un sacerdote? Pues si tienen suerte de pillar los breves horarios de apertura, bien. Si no, perderán una oportunidad preciosa de encontrarse con Dios.

Cuando hice el Camino de Santiago, desde Roncesvalles, fueron contadas las iglesias que encontré abiertas. Puedo entender que en los pueblos es complicado, ya que un mismo sacerdote puede llevar muchos, pero si ni siquiera en el Camino se abren para los peregrinos, ¿qué se puede esperar en las demás?

Este sacerdote dice algo muy serio: si no se abren las puertas todo el tiempo que se pueda (él lo hace 12 horas al día), la sensación que puede dar a mucha gente es que la Iglesia no tiene nada que ofrecer; abre para los que ya están "enganchados" y listo. Esto también es consecuencia, a mi modo de ver, del "espíritu funcionarial" que está en mucho sacerdotes: celebran las Misas que les toca, si tienen que confesar un rato antes de la celebración lo hacen, y luego los expedientes que toquen, todo ello porque toca, porque es lo que tienen que hacer. Este es uno de los grandes peligros que tiene el sacerdocio y la soledad asociada a él, y que muchas veces podemos fomentar los feligreses, clericalizando al cura, creando una especie de burbuja a su alrededor, como si no necesitara de nadie, como si los lazos humanos no fueran con él. Tenemos que cuidar a nuestros sacerdotes.

Pero, volviendo al asunto, ¿tan difícil es hacer lo que hace este sacerdote? Como he dicho, en las iglesias de pueblo es casi imposible, pero en el resto, si el párroco sólo tiene esa iglesia a su cargo, o dispone de vicarios parroquiales, creo que sería casi obligatorio que abrieran las puertas a la gente todo el día. ¿Que se pueden producir robos o vandalismo? Puede, ¿y qué? ¿Para qué están las iglesias? ¿Para guardar cosas o para que la gente se encuentre con Dios? Otra objeción podría ser que apenas irá gente fuera de las horas normales. ¿Hace falta recordar la parábola de la oveja perdida y las 99 que están con el pastor? Con que una sola persona entrase a rezar, valdría la pena.

Yo, personalmente, me he quedado en alguna ocasión sin poder entrar a rezar en algún momento. Y como yo seguro que muchos. Y creo que es un déficit importante. Está muy bien y es necesario que se hable de la Nueva Evangelización, que vivamos el Año de la Fe, que se organice la Misión Madrid, que tratemos de evangelizar en Internet, pero, como se suele decir, hay que empezar por casa. Abrid las puertas de la parroquia, con lo que ello supone: exposición del Santísimo, más horas de confesionario, que cualquiera pueda entrar a rezar durante el día, sea la hora que sea. Los cristianos lo necesitamos. La Iglesia lo necesita. El mundo, los paganos de hoy, lo necesitan.

lunes, 22 de octubre de 2012

Beato Juan Pablo II


La oración final de las Laudes de hoy, lunes de la semana I, dice así:
"Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin."
La Iglesia, guiada como está por el Espíritu Santo, no da puntada sin hilo. Por eso, el primer día laborable del ciclo de cuatro semanas, en la oración de la mañana, pide esto al Señor. Y, sinceramente, se me antoja difícil poder definir en menos palabras y con más claridad lo que es la vida cristiana. Es decir, vivir y obrar, en todo, por y para Dios, con su ayuda, siempre. 

Pero hoy, además de ser lunes de la semana I del salterio, por una de esas "casualidades" que a veces se producen en el año litúrgico, se festeja la memoria del Beato Juan Pablo II, tan querido por todos (o por la mayoría, que de todo hay). Y diréis, ¿qué tienen que ver las dos cosas? Pues muy fácil: lo que pide esa oración se ha cumplido en él. Toda su vida está jalonada por acontecimientos, decisiones, actuaciones y hechos en general en los que el Señor ha obrado en su vida y a través de ella. Hasta tal punto se dejó guiar por Dios que me atrevo a decir que la Iglesia no sería lo que es sin su pontificado. Es cierto que estamos en un tiempo difícil, incluso de crisis, como ha señalado sin miedo Benedicto XVI, pero si esta crisis no es más profunda se lo debemos a Juan Pablo II. El resurgir de la fe en tantos jóvenes (entre los que me cuento), de asociaciones, grupos, movimientos, medios de comunicación, sobre todo Internet, se podría decir que es el fruto de aquellas primeras palabras suyas: "No tengáis miedo a abrir las puertas a Cristo". El beato Juan Pablo II dio literalmente la vida por Cristo. Sin contar todo por lo que pasó y llevó a cabo antes de ser elegido Papa, lo primero que hizo como pontífice fue ir a la boca del lobo, congregando a millones de personas en su Polonia natal y encendiendo una mecha que causó la desintegración del comunismo 10 años después; algunos que intuían lo que este hombre podía hacer intentaron asesinarlo, causándole una serie de sufrimientos físicos que le acompañaron el resto de sus días; plantó cara al peligro de la teología de la liberación, llegando a reprender, en una imagen de sobra conocida, a un sacerdote sandinista nada más aterrizar en Nicaragua; se embarcó en un proyecto que muchos creían que tardaría muchos años, si es que llegaba a realizarse: el Catecismo de la Iglesia Católica, sin el cual no entendemos la Iglesia de hoy; viajó a lo largo y ancho del mundo, uniendo en torno a su figura y, por tanto, en torno a Cristo, a millones y millones de personas, por muy débil que estuviera -¿quién no recuerda el viaje de 2003 a España?-, cuando podía haber llevado una vida mucho más tranquila sin salir del Vaticano, lo cual nadie le habría reprochado, porque no existía la costumbre de realizar esos viajes; atacó los excesos del capitalismo en EEUU y del comunismo en Cuba; y, por supuesto, instituyó las Jornadas Mundiales de la Juventud, que demostraron y demuestran que la Iglesia tiene una fuerte base de jóvenes y, más importante si cabe, que es atractiva para los jóvenes, en contra de la opinión generalizada y sin necesidad de caer en ñoñerías cursis, que todos hemos visto alguna vez, dejando claro como también ha hecho Benedicto XVI que, lejos de echar a los jóvenes, plantear el Evangelio en toda su radicalidad, sin edulcorar, es la mejor forma de atraerlos y afianzarlos en Cristo.

Muchas otras cosas ha hecho y dicho Juan Pablo II. Seguramente cada uno tiene algún recuerdo especial. Mi intención ha sido sólo resaltar algunas que he recordado a vuelapluma. Por todas estas y más demos gracias hoy a Dios por su siervo, el beato Juan Pablo II, y al mismo beato por haber dejado que la gracia inspire, sostenga y acompañe sus obras, para que su trabajo haya comenzado en Dios, como en su fuente, y haya tendido siempre a Él, como a su fin. Por eso hoy es beato y seguro que muy pronto lo aclamaremos como santo.


viernes, 19 de octubre de 2012

La alegría cristiana

¿Quién no ha oído alguna vez decir que el cristianismo es una religión oscurantista, que hace vivir a la gente reprimida, que todo lo bueno lo considera pecado, etc.? Y lo peor no es eso, sino que a veces nos lo hemos creído, pensando que todo gira en torno a nuestro pecado. Nos revolcamos en nuestro pecado, repitiéndonos lo malos que somos, que no cambiaremos nunca, y así, usando al Señor como nuestro Don Limpio particular. Cuando vivimos así nuestro cristianismo estamos dando la razón a esos críticos. ¡Y eso no es ser cristiano! Por supuesto que debemos ser conscientes de nuestro pecado, arrepintiéndonos de él y confesándolo, pero sin perder jamás de vista que somos hijos de Dios

¿Cómo puede no alegrarnos que Dios nos haya hecho hijos Suyos? ¿Que nos dé a comer Su cuerpo, dándonos así de su naturaleza? ¿De verdad pensamos que es mejor "disfrutar" del sexo sin medida? ¿Tener dinero a toda costa y cuanto más mejor? En definitiva, hacer lo que queramos, cuando queramos y como queramos, sin pensar en las consecuencias. ¿Da eso la felicidad? 

El problema está en que nos han cambiado el agua, nos han vendido que la felicidad son los finales de las películas de Disney, la sonrisa de oreja a oreja, el que todo nos vaya como queremos, sin sobresaltos, que con sufrimiento no se puede ser feliz. Salud, dinero y amor. Y Dios en la sacristía, como mucho para confesarnos de vez en cuando y lavar nuestra conciencia. Y eso solo lleva a la esclavitud al placer inmediato y a la depresión. Lo primero porque, al no haber más allá de esta vida, al tener que buscar esa felicidad de lsd, la única forma es la que dijo san Pablo: comamos y bebamos que mañana moriremos. Y, lógicamente, esto lleva al segundo punto, porque, por más que nos esforcemos, nada ajeno a nosotros puede darnos la felicidad, lo cual nos lleva a la pérdida de la esperanza. Y no hay nada más triste que no tener esperanza. Este es el fruto de vivir sin Dios, el fruto del pecado.

En cambio, el cristianismo lo que nos ofrece es ser señores de nuestra vida. Teniendo a Cristo como nuestro señor, dominaremos lo que nos domina cuando estamos sin Él. Porque el deseo de vivir bien no es malo en sí mismo, tampoco el deseo sexual, ni el querer descansar, ni el no querer sufrir, ni el querer darle a nuestros hijos una vida más cómoda, etc. El problema llega cuando absolutizamos algo de esto, cuando lo ponemos en un pedestal y nos arrodillamos ante él, esperando que nos dé una vida plena. El cristiano desea vivir bien, pero sabe que en las dificultades también está Dios y se pueden vivir con tranquilidad; tiene deseo sexual, pero lo domina sabiendo que la sexualidad no es sólo genitalidad y que las relaciones sexuales son un don del Señor que hace que dos personas, que se han unido sacramentalmente ante Él, se hagan una sola, siendo así imagen de la Trinidad, de modo que el otro no es algo que poseer o usar, sino alguien a quien darme; sabemos que es bueno descansar, pero no si lo hacemos con egoísmo o con pereza, haciendo que nuestro descanso se convierta en sufrimiento para el otro; no nos gusta sufrir, pero sabemos, con confianza, que Dios permite todo para nuestro bien, que el sufrimiento, llevado con Él, nos purifica, y que si el mismo Cristo aceptó la cruz por amor a nosotros y para salvarnos, nosotros podemos ofrecer nuestros sufrimientos por los demás; queremos lo mejor para nuestros hijos, pero eso no siempre implica evitarles sufrir, porque sabemos que Dios tiene una historia con cada uno de ellos, y, además, si para nosotros lo mejor es haber encontrado a Dios, al Amor, ¿no será eso lo primero que queramos que tengan? Como me dijo un amigo un día, "no se si podré dar a mis hijos todo lo que quieran, pero sí todo lo que necesiten", es decir, la fe. Y así podríamos seguir con tantas cosas y deseos que pervertimos y que el Señor nos enseña a purificar. Así seremos felices, viviendo como hijos de Dios. Porque además, viviendo así, dejaremos de ver en el prójimo una amenaza a nuestro yo y veremos con nuevos ojos todo lo que nos rodea. Incluso la muerte. 


Y por la hermana muerte,
loado mi Señor.
Ningún viviente escapa
de su persecución
¡Ay, si en pecado grave
sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen
la voluntad de Dios
!No probarán la muerte
de la condenación
¡Servidle con ternura
y humilde corazón!
¡Agradeced sus dones,
cantad su creación!
Las criaturas load a mi Señor.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Testigos y mártires


En los últimos días han surgido varias noticias, aparentemente inconexas, que ponen el foco, a quien lo quiera ver, en la persecución. Por un lado, la Ministra de Educación de Ontario anunció una nueva ley que impedirá que en los colegios católicos se enseñe que el aborto es algo malo en sí mismo. Mientras tanto, en Toledo, el alcalde ha amenazado a una parroquia porque ha puesto un cartel anunciando catequesis, ya que al parecer incumple la normativa municipal, aunque parece ser que el señor alcalde no es tan fiel a esta ley en otros casos. Por último, ayer apareció una noticia que dice que, en los últimos 10 años, los ataques contra los cristianos en el mundo han aumentado un 300%. A esto le podríamos sumar las acusaciones de blasfemia contra cristianos en Pakistán o Egipto, los asesinatos y quema de iglesias en Nigeria, el ataque a una capilla universitaria en España, la retirada de crucifijos en las aulas, la exclusión deliberada de la mención al cristianismo en la fallida Constitución Europea, la campaña por airear, cuantos más casos mejor, la pederastia por parte de sacerdotes, sean ciertos o no (cuando se demuestran falsos, no hay retractación en los medios), el acoso, incluso físico, a algunos peregrinos de la JMJ de Madrid, las constantes blasfemias y burlas que podemos ver algunas series, el linchamiento social al obispo de Alcalá de Henares por llamar al pan, pan y al vino, vino, etc. 

La primera conclusión que saco de esto, es que los cristianos debemos estar haciendo algo bien, ya que la persecución viene cuando se sigue a Cristo. Cuando nos seguimos a nosotros es cuando los que están contra la Iglesia nos soban el lomo. Ahí tenemos a los Tamayo, Queiruga, Forcades y compañía, tan queridos por la progresía eclesial y por los medios de izquierdas o simplemente anticatólicos. 

La segunda conclusión es que tenemos que estar preparados para el martirio, como explica mejor que yo en su blog el padre Jorge González. ¿Pensamos acaso que los mártires de la Guerra Civil sospechaban 10 años antes lo que se les venía encima? Imagino que no. Y el martirio no se improvisa. Viene como anillo al dedo para esto la memoria que hoy celebra la Iglesia, san Ignacio de Antioquía. Si no habéis rezado laudes o no habéis leído la lectura propia del Oficio de Lecturas, os invito a hacerlo, aunque sea de sobra conocida. El martirio se prepara toda la vida, con las pequeñas y grandes renuncias que se nos presentan cada día. No se trata de estar pensando que en cualquier momento no pueden querer matar o de apretar los puños y los dientes y, por nuestras narices, aceptar todo lo que nos venga. Se trata de ser fieles al Señor, de rezarle cada día, de acudir a los sacramentos con frecuencia. ¿Cuántas veces no hemos dejado de rezar porque "no nos apetecía"? Yo muchas. Y como esto, en cualquier faceta de la vida. El que quiera salvar su vida, la perdera dice Jesús en el Evangelio, y de forma similar en los Proverbios se dice que la despreocupación perderá al insensato (Pro 1, 32). Si tratamos de vivir teniendo esto presente, haciendo el esfuerzo que tantas veces supone, el Señor nos lo recompensará estando con nosotros. Así se puede ser mártir si el Señor así lo tiene previsto. Aunque puede ser que no tengamos que llegar a tanto. 

La última conclusión enlaza con la anterior. Es cierto que tal vez no tengamos que llegar a derramar la sangre por Cristo. Pero es igual de cierto que a la sociedad de hoy ya no le valen las palabras (o solamente las palabras). El mundo de hoy está pidiendo a gritos testigos del Evangelio. Y un testigo veraz es el que une sus palabras y su vida. De nada vale que anunciemos el Evangelio a alguien, que le digamos lo mucho que nos ayuda, lo importante que es, cómo ha cambiado nuestra vida, si luego ese alguien ve que al primer problema renegamos y nos cabreamos como el que más, ya sea porque viene un embarazo que "no nos viene bien en ese momento", que nos congelen o bajen el sueldo, que vayamos al paro, que haya muerto alguien querido para nosotros, o simplemente que esa noche nuestros hijos no hayan dormido y por tanto nosotros tampoco.  Es en estas cosas donde de verdad "evangelizamos". Si se viven con Dios, el que está enfrente se preguntará por qué no te hundes en esa situación, porqué no despotricas contra la vida o contra Dios, porqué no estás amargado. Ese será el mejor abono para las palabras que mal o bien podamos decirles. En nuestra sociedad la gente tiene ya una idea preconcebida y distorsionada de la Iglesia y del Evangelio, por eso es tan difícil la evangelización pura y dura; por eso se ha "inventado" la Nueva Evangelización, de la que están tratando los obispos en el Sínodo de Roma. Y por eso tenemos que ser especialmente fieles al Señor y prudentes en nuestro comportamiento, porque, como decía el otro día, los que nos rodean no van a ir a preguntar a un cura sobre la Iglesia. En principio ni siquiera se harán preguntas porque creen saber lo necesario. Nuestra vida y cómo la vivimos es la que puede hacer que les surjan esas preguntas o que se confirmen las ideas que ya tienen. Por eso es tan necesaria la oración. Sí, ya sé que lo digo en todas las entradas, pero es que es así. Si no, mirad cuántas veces Jesús se retira a orar, cuántas veces dice a sus discípulos que tienen que rezar, que hay demonios que sólo se vencen con mucha oración, cómo san Pablo dice que oremos constantemente. Si no rezamos, estamos perdidos.

Os dejo aquí un magnífico vídeo que explica mucho mejor que yo esto del testimonio. Es un poco largo, pero tenéis que verlo entero.


martes, 16 de octubre de 2012

El Enemigo

El domingo vi la película El Exorcista. Ha sido la primera vez, ya que antes no había tenido la oportunidad de hacerlo, y ya tenía ganas, porque había oído hablar bien de ella, sobre todo a algún exorcista, lo cual no es mala publicidad para el film. Pero debo reconocer que mi deseo de verla no era por su calidad cinematográfica o porque me gusten las películas de miedo (que no es el caso), sino por el tema que trata: la acción del demonio en el mundo y la lucha de la Iglesia contra él.

De un tiempo a esta parte estoy algo sensibilizado con el tema, tras leer algún libro, artículos, comentarios donde se cuenta esta acción demoníaca en personas concretas, no sólo posesiones, sino fuertes tentaciones o ataques físicos (por ejemplo, al Padre Pío). Y estas lecturas me han llevado a pensar en el gran déficit de predicación sobre esto que hay en la Iglesia. El exorcista Gabriele Amorth ha dicho en varias ocasiones lo que en la película encarna muy bien el padre Karras: muchos pastores (obispos y presbíteros) no creen en las posesiones porque apenas creen en el demonio. A lo sumo, como tanta gente cree, como algo impersonal, una tendencia al mal, pero nunca una inteligencia ajena a nosotros que busca nuestra perdición. Y parece que esta increencia ha ido pareja a la secularización galopante de los últimos 40 años. No soy quién para decir qué ha sido antes, si el no creer en el diablo ha llevado a la secularización o al revés. Lo que está claro es que están unidos. Dice san Pedro: "Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe." Si el demonio no existe, ¿para qué voy a ser sobrio, estar alerta o estar firme en la fe? Y viceversa: si no estoy firme en la fe, no soy sobrio ni permanezco alerta, ¿qué resistencia estoy oponiendo al maligno? El buenismo en la predicación, el querer llevarse bien con todos sacrificando la Verdad, el pretender que Jesús era un hippy majete amigo de sus colegas y que la Iglesia tiene que actualizarse (es decir, claudicar) nos ha llevado a la apostasía actual en las sociedades hasta hace poco cristianas.

Pero si nos quedáramos en los errores doctrinales de algunos (muchos o pocos) de los que se supone deben defendernos y prevenirnos del padre de la mentira, estaríamos ignorando la parte principal del asunto: ¿Creemos nosotros en el demonio? ¿Somos conscientes de que hay uno que trata cada día de explotar nuestra tendencia al pecado para separarnos de Dios y tratar de que nos condenemos? Porque, lo creamos o no, es así. ¿O es que Jesús no fue tentado? ¿No expulsó demonios y dio poder a sus discípulos para hacerlo? ¿No nos previno del que puede llevar alma y cuerpo al infierno? ¿No nos dijo que, cuando nuestras obras no son de Dios, nuestro padre es el demonio? ¿Acaso no hablaron de él san Pablo, san Juan, san Pedro? ¿No dice el Apocalipsis que el diablo hace la guerra a los que mantienen el testimonio de Jesús? Con todas estas cosas queda muy claro que el demonio existe y que no le hace ni pizca de gracia que sigamos a Jesucristo. Por eso es tan importante no olvidarlo y tenerlo en cuenta, no por miedo, ya que estamos del lado ganador, pero si porque, si nos conocemos, sabemos que no podemos fiarnos de nosotros. Retomando la última frase que he puesto de san Pedro, resistidle firmes en la fe, creo que este Año de la Fe es buen momento también para fortalecernos en esta lucha. Y la mejor manera no es otra que rezar. Rezar, rezar y rezar. Sin descanso, sin desfallecer, aunque nos cueste, aunque tengamos que hacernos violencia. Retomar el rosario, como nos ha pedido el Papa, la Liturgia de las Horas, ir a Misa entre semana. De este modo, lo que se podría convertir en nuestra perdición, las asechanzas del demonio, se convertirá en lo que nos ayudará a acercarnos más al Señor. 

Por si os puede ser de ayuda en algún momento, os traigo aquí la oración a san Miguel Arcángel que hasta la reforma de la liturgia se rezaba al finalizar la Misa (tal y como se sigue haciendo en la Forma Extraordinaria). Cabe preguntarse si el quitar esta oración ha sido debido a la increencia de la que hablaba al principio. Quiero pensar que no. Esta oración se dice que la mandó rezar en todas las Misas el Papa León XIII tras tener una visión en su capilla privada del Vaticano en la que vio lo que el demonio iba a hacer en el mundo y en la Iglesia y cómo san Miguel Arcángel le derrotaba; tras retirarse a su despacho escribió esta oración, dándosela media hora más tarde a su secretario para que la enviara a todos los obispos con el mandato de rezarla tras las Misas:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.

Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.


Reprímale Dios, pedimos suplicantes,


y tú príncipe de la milicia celestial,


arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos


que andan dispersos por el mundo


para la perdición de las almas.


Amén





jueves, 11 de octubre de 2012

Vivir la Fe

Hoy ha comenzado el Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI con ocasión del 50º aniversario del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II y del 20º aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica. La mejor forma de saber qué es esto del Año de la Fe y qué pretende el Papa con él es leer la Carta Apostólica "Porta Fidei", publicada hace justo un año y con la que Su Santidad convocaba esta celebración. Así que, siguiendo el hilo de la entrada de ayer, os invito a leerla con atención. ¿No vas a leer una carta que te escribe tu padre?

Mientras decidís si leer la carta o no, os traigo como aperitivo un fragmento de la homilía pronunciada por el Santo Padre en la Misa de apertura de este Año de la Fe. Si algo tiene este Papa es una claridad y sencillez para expresar su pensamiento y exponer la fe de la Iglesia que ya quisieran muchos. Por eso creo que necesitaréis poca aclaración después de leer esto:
"Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos.[] En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino.[] Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años."
 He intentado resaltar en negrita varias frases, pero acababa marcando todo. Tras leerlo varias veces y haciendo un esfuerzo he señalado la que véis. Tal vez me ha traicionado el subconsciente y me he quedado con la que más me denuncia. ¿Realmente doy testimonio de una vida nueva, transformada por Dios? Mucho me temo que no. La mayor parte del tiempo vivo como si la fe fuese ajena a mi o, como mucho, un añadido, un plus, una "actividad extraescolar" podríamos decir, algo no esencial. Consumismo, materialismo, egoísmo, vivir como si no existiese la Providencia y, en ocasiones, sin esperanza, son demasiado a menudo características de nuestras vidas. Por eso es tan importante tener presente lo que he comentado en días pasados: ser conscientes de que somos ejemplo (bueno o malo) para otros, buscar ejemplos para nosotros que nos hagan ver que es posible ser fieles a Dios (los santos), desear conocer nuestra fe y hacerlo a través de la doctrina que nos propone la Iglesia (que es nuestra Madre), y cuidar con el máximo amor nuestro trato con Jesucristo en su Cuerpo y en su Sangre. Y hoy quiero recordar otra arma o herramienta, como prefiráis decirlo, aunque con propiedad hay que llamarlo Sacramento: la Confesión. Porque sin una buena confesión es imposible reconducir nuestra vida. Si estamos en pecado, no sólo no seremos ejemplo para nadie, sino que ni siquiera nos importará. Nos resbalará la vida de los santos, la doctrina, lo que diga el Papa, el obispo o quien sea. Y lo mismo se puede decir de la Comunión. Lo mismo nos dará tomarla que no tomarla. Es imprescindible que nos confesemos, y además, a menudo. Y en este Sacramento es esencial, central, hacer un buen examen de conciencia, unido al dolor de los pecados. ¿Cuántas veces nos hemos confesado sin casi haberlo preparado? ¿No nos damos cuenta de que el examen de conciencia no es tanto para acordarnos de nuestros pecados y preparar la "lista" que le vamos a decir al confesor cuanto para analizarnos detenidamente, viendo en qué tenemos que cambiar, dónde nos tiene que sanar el Señor? Esto es más importante que si lo que me ha dicho el confesor me ayuda más o menos o que si me "siento bien" tras la confesión. Si queremos un cura que de verdad nos ayude en nuestra vida de fe, lo que necesitamos es un director espiritual, no el primer cura que pillemos cada x meses. Y si queremos sentirnos bien, lo conseguiremos con ese buen examen de conciencia, porque sabremos realmente qué inmundicias nos ha limpiado el Señor y le estaremos realmente agradecidos. Así comenzaremos a tener una fe vivida, a dar un testimonio de una vida nueva, transformada por Dios. 

Para acabar, os dejo unas palabras pronunciadas por el cardenal Timothy Dolan, arzobispo de Nueva York, en el Sínodo de los Obispos que está teniendo lugar. Son las que me han hecho centrar la atención en la Confesión (por eso es bueno leer a nuestros pastores):
Nos hemos ocupado mucho en reformar estructuras, sistemas, instituciones y a la gente más que a nosotros mismos. Sí, esto es bueno. Pero la respuesta a la pregunta: “¿Qué es lo que va mal en el mundo?” no es la política, la economía, el secularismo, la contaminación, el calentamiento global… no. Como escribió Chesterton: ‘La respuesta a la pregunta ‘¿Qué es lo que va mal en el mundo? son dos palabras: Soy yo’”.
¡Soy yo! Admitir esto lleva a la conversión de nuestro corazón y al arrepentimiento, el centro de la invitación del Evangelio. Esto sucede en el Sacramento de la Penitencia. Este es el sacramento de la Nueva Evangelización

miércoles, 10 de octubre de 2012

Conoce lo que crees

"Estudiad el catecismo con pasión y perseverancia. Sacrificad vuestro tiempo para ello. Estudiadlo en el silencio de vuestra habitación, leedlo de dos en dos; si sois amigos, formad grupos y redes de estudio, intercambiad ideas por Internet. En cualquier caso, permaneced en diálogo sobre vuestra fe.
Debéis conocer lo que creéis; debéis conocer vuestra fe con la misma precisión con la que un especialista de informática conoce el sistema operativo de un ordenador; debéis conocerla como un músico conoce su pieza; sí, debéis estar mucho más profundamente arraigados en la fe que la generación de vuestros padres, para poder resistir con fuerza y decisión a los desafíos y las tentaciones de este tiempo. Necesitáis la ayuda divina, si no queréis que vuestra fe se seque como una gota de rocío al sol, si no queréis sucumbir a las tentaciones del consumismo, si no queréis que vuestro amor se ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y violencia."
Estas palabras, como os habéis imaginado, no son mías. Son de nuestro querido Papa Benedicto XVI y pertenecen a su prólogo al Youcat. Creo que son meridianamente claras.

Si alguien nos preguntara si amamos al Papa, si estamos de acuerdo con él, si le hacemos caso, etc., seguro que ninguno dudaría en responder con un rotundo sí. Hasta aquí bien. Ahora volved a leer el párrafo que he puesto al comienzo y repensad la respuesta. ¿Cuántos de nosotros hemos leído el Catecismo? ¿Y algún documento del Concilio Vaticano II? ¿Tal vez alguna encíclica o alguna catequesis de las audiencias de los miércoles? ¿Acaso alguno cuenta con la Biblia entre los libros leídos de principio a fin? Yo sólo me salvo en el caso de las encíclicas, que alguna he leído. Al resto de preguntas debo responder negativamente. Para mi vergüenza lo digo. ¿Y decimos que obedecemos al Papa? ¿Cómo es posible que conozcamos argumentos y personajes de series y películas, alineaciones de nuestros equipos preferidos, programas y horarios de la televisión, vida y obras de famosos y famosillos y no conozcamos lo que la Iglesia nos enseña? Peor aún. Es que a menudo ni nos interesa. ¿Qué pensaría tu novia o novio, esposa o esposo, tu mejor amigo, si le dijeras que te importa un pepino lo que tenga que decirte? ¿O qué pensarías tú si te hicieran eso a ti? Pues eso es exáctamente lo que hacemos con nuestra Madre la Iglesia: ignorarla. Nos conformamos con lo que nos digan en Misa y, tal vez, si pertenecemos a algún grupo, con lo que podamos profundizar más allá de la homilía dominical. Y ya está, expediente cubierto. "¿Cómo me voy a complicar ahora en leer un documento de la Iglesia?". Pondremos mil excusas: no son para mi, no los entiendo, son un rollo, son para teólogos y curas, etc. ¡Pues no! Son para todo católico. Cada uno lo entenderá dentro de su capacidad, lógicamente, pero hay que hacerlo. Repito una frase del texto inicial: Necesitáis la ayuda divina, si no queréis que vuestra fe se seque como una gota de rocío al sol, si no queréis sucumbir a las tentaciones del consumismo, si no queréis que vuestro amor se ahogue en la pornografía, si no queréis traicionar a los débiles y a las víctimas de abusos y violencia. 

Nos estamos jugando la fe. En la época de nuestros padres, el entorno social era más o menos católico, y por tanto, tal vez podría valer con dejarse llevar. Hoy no. Hoy dejarse llevar significa abandonar la fe y volcarse en el hedonismo, el consumismo, el egoísmo. En definitiva, instalarse en el pecado. Por eso necesitamos no sólo creer, si no saber lo que creemos. Saber lo que dice la Iglesia sobre temas como el aborto, la sexualidad, la ecología, el trabajo, la economía, la política, el resto de religiones, la Salvación, el sacerdocio femenino, los divorciados vueltos a casar, la familia, la juventud, las desigualdades sociales y un largo etc. Cuando aquellos que tenemos más cercanos quieran saber lo que piensa la Iglesia de estas cosas o por qué dice lo que dice, no van a ir a preguntar a un cura. Te van a preguntar a ti. ¿Qué les vas a contestar? 


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martes, 9 de octubre de 2012

¿Sabemos lo que hacemos?

La Oración después de la Comunión de la Misa del domingo decía: "Concédenos, Señor todopoderoso, que de tal manera saciemos nuestra hambre y nuestra sed en estos sacramentos, que nos transformemos en lo que hemos recibido". Daré por hecho que todos hemos escuchado esta oración atentamente, al igual que las del resto de la Misa. Aunque, al menos en mi caso, la mayoría de las veces pasan desapercibidas, no les presto atención. ¡Cuántas gracias me pierdo por ello! Dejando este tema, muy serio por otro lado, vuelvo a la oración, y me gustaría centrarme en lo que he puesto en negrita.

¿Realmente somos conscientes de lo que hemos recibido? ¿Nos damos cuenta de que en la Eucaristía se nos da Dios mismo, físicamente, palpablemente? Él esta ahí, sobre el altar, ¡y tantas veces estamos pendientes de otras cosas! De la hora que es, pensando en lo que vamos a hacer luego, en lo que hemos hecho antes, en cómo habrá quedado el partido que no hemos podido ver, en cómo va vestido fulanito o fulanita, en cómo está celebrando el cura, etc. Y mientras, Él sigue ahí, esperándonos, paciente, deseando que nos volvamos a Él. Murió por nosotros y actualiza su sacrificio en cada Misa humillándose hasta hacerse un pedazo de pan y un poco de vino por amor a nosotros y para transformarnos en Él, para divinizarnos, para darnos su naturaleza divina, para darnos la vida eterna. ¿A qué jugamos entonces? ¿Nos acercamos al altar con esta conciencia o porque toca? En el Camino Neocatecumenal recibimos el Cuerpo de Cristo en la mano y lo tenemos ahí unos instantes. ¿Realmente lo adoramos en ese momento, le hablamos, le decimos que le amamos, le damos las gracias por lo que hace en nuestra vida y sobre todo por dársenos Él mismo? ¿O lo sostenemos como si nada, como si fuese un simple pedazo de pan si más, esperando el momento de comerlo como el que espera que se enfríe la pizza? Y si no estamos en el Camino Neocatecumenal o estamos en una Misa donde recibimos la Sagrada Forma de manos del sacerdote consumiéndola en ese instante, ¿qué pasa por nuestra cabeza antes de recibirla? ¿O en qué pensamos de camino a nuestro sitio o cuando nos hemos sentado? ¿En que ya falta poco para acabar la celebración? ¿En que se está cantando bien o mal o no se está cantando? ¿En que mis hijos la están liando o en que "mira que bien se portan"? ¿O en cambio le agradecemos el Don que acabamos de recibir, le rezamos, le adoramos, caemos en la cuenta de que acaba de entrar, físicamente, en nuestro cuerpo? Esto es muy serio, tanto que muchos han muerto o se han jugado la vida por evitar que el Cuerpo y la Sangre fuesen profanados. Tanto que en pecado grave no se puede comulgar. Tanto que para los satanistas no hay mayor logro que hacerse con una Sagrada Forma para profanarla en sus misas negras. ¿Es que tienen más fe en que Cristo se hace pan y vino los seguidores del demonio que nosotros? 

Tomar el Cuerpo de Cristo nos une a Él. No hay mayor signo de comunión con Dios y con la Iglesia. Hasta tal punto es así que el obispo de Newark, Monseñor Myers, ha afirmado esto:
“Exhorto a aquellos que no están en comunión con la Iglesia en lo referente a su doctrina sobre el matrimonio y la familia (o sobre cualquier otra materia grave de la fe) a que examinen sinceramente sus conciencias, pidiendo a Dios la gracia del Espíritu Santo que nos “guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Si siguieran siendo incapaces de dar su asentimiento a la doctrina de la Iglesia en estas materias o de vivir según la misma, con sinceridad y humildad deberán abstenerse de recibir la Comunión hasta que puedan hacerlo con integridad. Seguir recibiendo la Comunión mientras se disiente así de la doctrina de la Iglesia sería objetivamente deshonesto".
Espero que tengamos estas cosas presentes, que realmente creamos sepamos que la Eucaristía es lo más grande que nos ha dejado el Señor, porque ¡es Él mismo! Que así lo vivamos cada Misa, cuando pasemos delante del Sagrario y por tanto hagamos la genuflexión porque ahí está nuestro Señor. Incluso que cuando veamos una Iglesia al ir por la calle le dediquemos un saludo, un pensamiento, sabiendo que ahí, en algún rincón de ese templo, está Él, nuestro Dios, nuestro Señor, el Esposo, nuestro Amado, silencioso, esperando, inflamado de Amor por nosotros. Vayamos a Él.

viernes, 5 de octubre de 2012

El amor nace del Amor

Hace un par de días terminé de leer el magnífico libro de Benedicto XVI, escrito cuando aún era el cardenal Joseph Ratzinger, El espíritu de la liturgia, que debería leer todo católico, y ahora estoy con Antes del alba, de Eugenio Zolli. Para quien no lo sepa, era el Gran Rabino de Roma durante la II Guerra Mundial y, tras esta, se convirtió al catolicismo, en parte influido por cómo actuó Pio XII con los judíos, y en el bautismo cambió su nombre por el del Papa, Eugenio. Lo que queda claro en el libro es que su conversión no se debió simplemente al ejemplo del Papa, sino que se venía fraguando tiempo atrás. 

Tras esta breve introducción paso a lo que quiero hacer hoy: dejar que hable otro que lo hace mucho mejor que yo. Os dejo un breve fragmento del libro, que me ha encantado y hecho reflexionar. Que lo disfrutéis.

        "Por amor, el hombre que ama a Dios sufre y goza. En el hombre que sufre con amor habita Dios. Todos los dolores, así como todas las alegrías, llevan a Dios al hombre que lo ama.
         El amor ofrece al hombre el conocimiento de Dios por encima de todos los dolores y las alegrías que son puras contingencias, que solo le aportan las horas que pasan.
         Quien es feliz lo es con independencia de que llueva o luzca el sol.
         Quien está lleno de tristeza no goza ni en las horas meridianas de un día luminoso.
         En los subsuelos de nuestra vida no penetran ni los rayos ardientes y espléndidos del sol, ni las gotas de agua de una fuerte lluvia. El subsuelo de la vida interior pertenece siempre al dominio del amor tanto en las horas de calma como en las horas en que atraviesa una tempestad. Ni siquiera las aguas potentes consiguen apagar la llama del amor, del amor que siempre arde y nunca se consume. Los confesores y mártires buscan la muerte por amor. El amor es más fuerte que la muerte. El amor es vida sin muerte.
         El amor nace del Amor, vive y crece en la luz del Amor, y el Amor es vida, y la Vida no conoce la muerte."

miércoles, 3 de octubre de 2012

El ejemplo de los santos

Hoy celebramos la memoria de san Francisco de Borja. Reconozco mi casi total desconocimiento de su vida hasta hoy, más allá de que fue Superior General de los Jesuítas y de la famosa escena en la que, tras ver el rostro del cadáver de la emperatriz Isabel, a quien había servido, dijo su famosa frase: "¡No serviré nunca más a un señor que pudiese morir!".

Escribo esta entrada porque, tras leer un resumen de su vida aquí, me ha impresionado y me ha hecho pensar en, digámoslo así, el siguiente nivel en el tema del ejemplo del que hablé el otro día. Si allí hablaba del ejemplo que debemos ser para nuestros hijos en primer lugar y para los que nos rodean, hoy quiero decir algo sobre el ejemplo que los santos son (o deberían ser) para nosotros.

Ese es el motivo por el que la Iglesia canoniza a determinadas personas, para mostrarnos ejemplos concretos de que se puede ser santo, de que no es una utopía o algo irrealizable. Sí lo es, claro está, si lo intentamos con nuestras solas fuerzas, pero si algo muestran los santos es un abandono total a Dios y a su voluntad. En este sentido el beato Papa Juan Pablo II fue profético. En vista de la secularización galopante de nuestra sociedad, él quiso mostrar el mayor número posible de santos, de toda condición, donde los católicos pudiésemos ver la obra de Dios y para suscitar en nosotros esa santa envidia, si me permitís la expresión, que tuvo, por ejemplo, san Ignacio de Loyola tras leer varias vidas de santos en su convalecencia.

Pero en este asunto del ejemplo de los santos puede surgir un problema al que, en parte, pusieron remedio esas canonizaciones realizadas por Juan Pablo II que he mencionado, de gente de toda condición y estado de vida. Es demasiado común que la gente piense que eso de la santidad es para curas, monjas y demás, pero no para la "vida normal". Hay sobrados ejemplos de que eso es falso: Gianna Beretta,  Giuseppe Moscati, María Goretti y muchos otros. Y por eso la memoria de san Francisco de Borja me ha suscitado esta entrada: hijo de buena familia, vivió en la Corte, nieto de un Papa y un rey, se puede decir que fue un personaje importante en la política de la época (duque de Gandía y Virrey de Cataluña), se casó y tuvo 8 hijos, cuando falleció su mujer entró en la Compañía de Jesús y fue sacerdote, llegando a Superior General de los Jesuítas. Por tanto, puede ser un ejemplo para gente que vive cómodamente, para gente que piense que su condición social puede ser un impedimento, para los políticos o quien tenga alguna responsabilidad, para padres de familia, para sacerdotes y consagrados en general, etc. Y sobre todo tiene que ser un ejemplo porque todo esto lo realizó teniendo al Señor en el centro de su vida. Él no tuvo una conversión como pudo ser la del mismo san Ignacio de Loyola o la de san Francisco Javier. Lo suyo fue un caminar continuo junto a Dios, tanto cuando era alguien importante en "el mundo" como cuando se entregó sin ataduras al Señor en el sacerdocio. Así también es un ejemplo para los que somos católicos "de toda la vida", que estamos acomodados en nuestra situación espiritual, a menudo conformados con rezar un poco, las más de las veces para cubrir el expediente que por tener intimidad con el Señor.

Que Francisco de Borja y todos los santos intercedan por nosotros y sean nuestro ejemplo ("Creo en la comunión de los santos") para creernos, de una vez, que el Señor quiere eso de nosotros, la santidad, con todas las letras. Como decía mi rector del seminario (sí, fui seminarista dos años), que deseemos ser "santos de altar". "Aspirad a los carismas superiores", decía san Pablo. Que esa sea nuestra aspiración. Y para ello, viene muy bien tener presente la frase del santo de hoy que puse al principio: "¡No serviré nunca más a un señor que pudiese morir!". Cada uno sabe cuál es ese señor mortal al que sirve tantas veces. Puede ser que, como Francisco de Borja, no caigamos en la cuenta hasta que veamos a ese señor muerto y en descomposición. Lo importante es que, siguiendo su ejemplo, tratemos de llevar una vida cristiana, unidos al Señor siempre y en todo, porque ese es el secreto de la santidad.

martes, 2 de octubre de 2012

Iglesias dignas de la belleza de Cristo

Una iglesia tiene que ser un trozo de Cielo. Si la liturgia de la Misa es una anticipación del Cielo, una celebración donde se unen la iglesia triunfante, la militante y la purgante, lo que ahí vivimos no puede ser otra cosa que un anticipo de la Vida Eterna.

Dicho esto, en mi opinión, la iglesia tiene dos funciones, una exterior y otra interior. La exterior es que se vea que es eso, una iglesia, un templo donde encontrarnos con Dios y donde se hace pan para nosotros, incluso un recordatorio al ir por la calle de que Él esta siempre esperándonos. La interior sería el que se pueda celebrar dignamente el Sacrificio de la Misa y, diría más, el que el simple hecho de entrar nos hiciera querer rezar, nos transportase a la presencia del Señor.

Pues bien, ¿cuántas iglesias de los últimos 40 ó 50 años conocéis que cumplan estas funciones? Probablemente alguna, pero, la mayoría de las que yo he visto repartidas por España incumplen la primera función y dificultan la segunda. Fijaos si no en un detalle: la mayoría de esos templos tienen puesto bien grande en la entrada el nombre -Iglesia de tal-, pero de las de antes, prácticamente ninguna. Creo conocer el porqué. Si a las que tienen el nombre se les quitase, si no fuese por alguna cruz o pseudo campanario que tengan a la vista, no serían identificables. Podrían pasar perfectamente por un pabellón deportivo o un auditorio cualquiera. ¿Dónde está la belleza? ¿Para gloria de quién están edificadas? ¿De Dios o del arquitecto que las diseñó?

Leí en algún sitio que las iglesias se construyen en función de la liturgia que en ellas se celebra. Entonces es lógico que, con los abusos litúrgicos que se han dado después del Concilio Vaticano II se hayan construido esas iglesias-pabellones. Tal vez también tenga relación con la alergia que muchos sacerdotes de la misma época tenían o tienen a vestir como tales por la calle (ídem para los religiosos y religiosas). Lo explica mejor el padre Fortea en su blog: "Así estaban las cosas, cuando, de pronto, en la segunda mitad del siglo XX, a los arquitectos les dio por ser geniales. Y es que les dio por hacer experimentos. Querían ser modernos y el resultado fue una hecatombe arquitectónica. Lo que más predominó a la hora de levantar iglesias, fue el estilo garaje. Una mala teología generó una pésima arquitectura. En aquella época se buscaba lo feo, porque se consideraba que era más cercano al Evangelio. Lo feo, lo pobretón, lo carente de gusto, eran la quintaesencia de un nuevo modo de ver la religión. 

Suponían que el futuro de la arquitectura religiosa iba a ser un continuo profundizar en ese chabacanismo. Podían ser arquitectos, pero no profetas. Si los que estaban detrás de los arquitectos, hubieran visto el futuro por un agujero, se hubieran quedado escandalizados y bien escandalizados. En el año 2012, todavía quedan de este tipo de arquitectos sueltos porque todavía quedan algunos de esos clérigos desnortados. Pero, afortunadamente, en franca retirada. Como alguien que se empeñara en erigir templos visigóticos en pleno gótico flamígero. A los que no les convierta el buen gusto, les matará el Tiempo. Pero la época presente ya no está para experimentos cósmico-cristiano en forma de templo católico."

Personalmente me encanta el gótico, y en menor medida el románico, pero aprecio la belleza de los demás estilos anteriores a la segunda mitad del s. XX. En éstas últimas no encuentro la belleza por ninguna parte, más allá de algún Cristo a alguna Virgen. Miro el exterior, las paredes, las ventanas (que no vidrieras), el altar, la capilla (si la hay), el techo e incluso el suelo, y no encuentro belleza. Y lo bello siempre remite a Dios, que creó el mundo y lo que hay en él, "y vio que era muy bueno". O, como leemos en los salmos: "Amo, Yahveh, la belleza de tu Casa, el lugar donde se asienta tu gloria" (Sal 26,8) o "Una cosa pido a Yahveh, es lo que ando buscando: morar en la Casa de Yahveh todos los días de mi vida, admirar la belleza de Yahveh contemplando su templo." (Sal 27,4).

¿Qué pensáis vosotros? Tal vez, después de todo, yo sea un poco raro...





Hasta aquí, bien, muy bien...


¿Iglesia o sala de exposiciones?


¿Auditorio municipal?

¿Pabellón de baloncesto o sala de conciertos?



lunes, 1 de octubre de 2012

El ejemplo

Reconozco que me cuesta bastante ir a Misa con mis hijos. Siendo niños como son (el mayor de 5 años), no siempre se comportan como me gustaría, por lo que normalmente mi mujer y yo pasamos parte de la celebración controlándoles. Y claro, como lo más importante soy YO y que YO me entere de la Misa, no pocas veces salgo de la misma disgustado. Pero como el Señor sabe lo que hace mucho mejor que yo, para curarme ese egoísmo galopante (espiritual, pero egoísmo al fin y al cabo) me hace ver de vez en cuando algún fruto de esos "malos ratos". Estando de vacaciones, al levantarme después de la Consagración, mi hijo mayor me dijo: "Papá, ¿porqué te has puesto de rodillas?". Al acabar la Misa le contesté como buenamente pude. En la siguiente Misa, cuando me arrodillé, él lo hizo a mi lado. Pero eso no es todo. Ha habido Misas después en que no lo ha hecho por estar distraído en otras cosas (esas que me disgustan), pero ayer, al llegar el momento, se volvió a arrodillar y, para mi alegría, también lo hizo mi hija mediana. Y ahí estaba yo, con uno arrodillado a cada lado. Sé que, a pesar de mis explicaciones, su idea de porqué arrodillarse es muy limitada, sobre todo de la niña, que tiene 3 años y ni siquiera le he llegado a explicar nada. Y esto me ha hecho pensar en la fuerza del ejemplo.


¿De qué nos sirve decirle a nuestros hijos que una determinada palabra o expresión no hay que decirla si, cuando nos enfadamos, la decimos nosotros? ¿Insistirles en que es importante leer si no nos ven hacerlo? ¿O que es importante ir a Misa si cuando no se portan como queremos salimos amargados de ella? Si les enseñamos la importancia de ir a la Iglesia o de los sacerdotes, ¿qué idea se les quedará si muchas veces nos ven ir desganados o criticamos al cura que ha dado la Misa, o su homilía o si es así o asá? Más que de las palabras, mucho más, los niños aprenden de nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras reacciones; en definitiva, de nuestro ejemplo.

Y esto que digo para los padres respecto a los hijos es completamente extrapolable a los católicos y el mundo. Cuando se nos predica sobre Jesucristo, no siempre se hace de sus palabras, sino también de sus acciones: pasó la noche orando, subió al monte a orar, comió con tal persona, lloró, durmió en la tempestad, caminó sobre las aguas, se hizo carne humillándose... Lógicamente las palabras son importantes, pero si no van acompañadas del ejemplo, no sólo no valen para lo que las pretendemos usar, sino para lo contrario, para escandalizar. Y me atrevería a decir más. Hay casos en que la simple actitud, el ejemplo, sin decir una sola palabra, sirve para llamar a la conversión, para que el que lo ve se interrogue, para ser signo de contradicción. El mismo san Pablo, en varias ocasiones, apela al ejemplo de su vida como signo de la veracidad de su predicación.

Esto es así porque no creemos en un dios impersonal, no seguimos una filosofía descarnada o una ideología, sino que creemos en un Dios que se hizo carne, tomó nuestra carne, nació, fue niño, aprendió de sus padres y maestros, fue joven, adulto, rió, lloró, sufrió y se dejó matar por amor a nosotros, y resucitó para demostrarnos, con un nuevo ejemplo, que la vida no acaba aquí y que el sufrimiento tiene sentido. Por eso nuestra vida tiene que hacerse fe y nuestra fe hacerse vida. Porque si no vivimos como creemos, creeremos en lo que vivimos. No podemos escindir la mente del cuerpo. Somos un todo, y eso el ser humano lo tiene grabado en su corazón. Por eso nuestros hijos perciben rápidamente si lo que les decimos va por un lado y lo que hacemos por otro. Por eso no pocas veces podemos ser escándalo para los que nos rodean en la familia, el trabajo, donde sea, cuando decimos que somos católicos, que vamos a Misa, a tal o cual celebración, a la JMJ, a la Misa de las Familias o a lo que queráis, pero luego criticamos al de al lado, nos cabreamos y soltamos improperios cuando algo no nos sale como queremos, insultamos a alguien, o tantas otras cosas.

Si somos conscientes de estas cosas, ya tenemos mucho ganado. Porque el siguiente paso, una vez conocida nuestra limitación, es acudir al Único que nos puede ayudar. Ya que, como no somos pelagianos, sabemos que tener esa unidad de vida y pensamiento, es decir, ser santos, no está en nuestras fuerzas. Necesitamos, pues, cada mañana y durante el día rezar al Señor, orar constantemente como dijo san Pablo, para que nos de su gracia y cada día podamos realizar los "pequeños pasos posibles" que nos lleven a la santidad.

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