miércoles, 3 de octubre de 2012

El ejemplo de los santos

Hoy celebramos la memoria de san Francisco de Borja. Reconozco mi casi total desconocimiento de su vida hasta hoy, más allá de que fue Superior General de los Jesuítas y de la famosa escena en la que, tras ver el rostro del cadáver de la emperatriz Isabel, a quien había servido, dijo su famosa frase: "¡No serviré nunca más a un señor que pudiese morir!".

Escribo esta entrada porque, tras leer un resumen de su vida aquí, me ha impresionado y me ha hecho pensar en, digámoslo así, el siguiente nivel en el tema del ejemplo del que hablé el otro día. Si allí hablaba del ejemplo que debemos ser para nuestros hijos en primer lugar y para los que nos rodean, hoy quiero decir algo sobre el ejemplo que los santos son (o deberían ser) para nosotros.

Ese es el motivo por el que la Iglesia canoniza a determinadas personas, para mostrarnos ejemplos concretos de que se puede ser santo, de que no es una utopía o algo irrealizable. Sí lo es, claro está, si lo intentamos con nuestras solas fuerzas, pero si algo muestran los santos es un abandono total a Dios y a su voluntad. En este sentido el beato Papa Juan Pablo II fue profético. En vista de la secularización galopante de nuestra sociedad, él quiso mostrar el mayor número posible de santos, de toda condición, donde los católicos pudiésemos ver la obra de Dios y para suscitar en nosotros esa santa envidia, si me permitís la expresión, que tuvo, por ejemplo, san Ignacio de Loyola tras leer varias vidas de santos en su convalecencia.

Pero en este asunto del ejemplo de los santos puede surgir un problema al que, en parte, pusieron remedio esas canonizaciones realizadas por Juan Pablo II que he mencionado, de gente de toda condición y estado de vida. Es demasiado común que la gente piense que eso de la santidad es para curas, monjas y demás, pero no para la "vida normal". Hay sobrados ejemplos de que eso es falso: Gianna Beretta,  Giuseppe Moscati, María Goretti y muchos otros. Y por eso la memoria de san Francisco de Borja me ha suscitado esta entrada: hijo de buena familia, vivió en la Corte, nieto de un Papa y un rey, se puede decir que fue un personaje importante en la política de la época (duque de Gandía y Virrey de Cataluña), se casó y tuvo 8 hijos, cuando falleció su mujer entró en la Compañía de Jesús y fue sacerdote, llegando a Superior General de los Jesuítas. Por tanto, puede ser un ejemplo para gente que vive cómodamente, para gente que piense que su condición social puede ser un impedimento, para los políticos o quien tenga alguna responsabilidad, para padres de familia, para sacerdotes y consagrados en general, etc. Y sobre todo tiene que ser un ejemplo porque todo esto lo realizó teniendo al Señor en el centro de su vida. Él no tuvo una conversión como pudo ser la del mismo san Ignacio de Loyola o la de san Francisco Javier. Lo suyo fue un caminar continuo junto a Dios, tanto cuando era alguien importante en "el mundo" como cuando se entregó sin ataduras al Señor en el sacerdocio. Así también es un ejemplo para los que somos católicos "de toda la vida", que estamos acomodados en nuestra situación espiritual, a menudo conformados con rezar un poco, las más de las veces para cubrir el expediente que por tener intimidad con el Señor.

Que Francisco de Borja y todos los santos intercedan por nosotros y sean nuestro ejemplo ("Creo en la comunión de los santos") para creernos, de una vez, que el Señor quiere eso de nosotros, la santidad, con todas las letras. Como decía mi rector del seminario (sí, fui seminarista dos años), que deseemos ser "santos de altar". "Aspirad a los carismas superiores", decía san Pablo. Que esa sea nuestra aspiración. Y para ello, viene muy bien tener presente la frase del santo de hoy que puse al principio: "¡No serviré nunca más a un señor que pudiese morir!". Cada uno sabe cuál es ese señor mortal al que sirve tantas veces. Puede ser que, como Francisco de Borja, no caigamos en la cuenta hasta que veamos a ese señor muerto y en descomposición. Lo importante es que, siguiendo su ejemplo, tratemos de llevar una vida cristiana, unidos al Señor siempre y en todo, porque ese es el secreto de la santidad.

2 comentarios:

  1. Este comentario es en relación a todas tus entradas, porque mis niños y la casa no me dejan apenas tiempo para leerte rápidamente, y quedarme con las ganas de escribirte algo.. Sobre los templos, estoy de acuerdo contigo, me resulta mas fácil sentir a Dios en los templos de antes.. Las imágenes, las vidrieras, las bóvedas que se elevan al cielo.. No se, desde mi pobre punto de vista tienen algo que les falta a las mas modernas..
    Sobre nuestro ejemplo a nuestros hijos, lo resumiré: normalmente solo voy a misa si voy sola.. Me pongo muy nerviosa si los niños no se callan, si molestan a los demás.. Me has hecho ver que estoy equivocada, espero que el Señor me ayude para darles ese ejemplo, que se que es vital.. Por cierto, Gabriel con sus nueve meses se esta descubriendo la voz.. Grita, balbucea, no calla, así que ya te contare el próximo domingo..
    Sobre el ejemplo de los santos te diré que me desanima, porque me hace ver que estoy a años luz de la santidad, pero se que nada es imposible para Dios, así que dejo mi vida y mi familia en sus manos, porque en las mías y en mis fuerzas ya ves, ni ir a misa..
    Te escribo mientras desayuno y los niños protestan en el salón, por eso no me paro ni a poner un acento, pero tenía que comentarte estas cosillas y animarte a seguir...
    Un beso hermano!

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  2. No importa cuándo comentes, siempre es bienvenido.

    Respecto al ejemplo de los santos, no es para desanimarse. Por eso es bueno leer vidas de santos. Es cierto que algunos ya dan muestras de unión con Dios siendo niños, pero son más los que han necesitado convertirse, y de pecados graves. Hoy mismo es santa Thais, que antes de convertirse fue prostituta; san Francisco Javier, san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola, san Agustín, san Juan de Dios. Si sólo nos quedamos con el nombre y las obras de santidad que han hecho, ciertamente nos queda muy grande. Por eso es bueno conocer su vida, para ver que en sus inicios, por decirlo así, no eran tan distintos de nosotros.
    Un beso.

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