lunes, 1 de octubre de 2012

El ejemplo

Reconozco que me cuesta bastante ir a Misa con mis hijos. Siendo niños como son (el mayor de 5 años), no siempre se comportan como me gustaría, por lo que normalmente mi mujer y yo pasamos parte de la celebración controlándoles. Y claro, como lo más importante soy YO y que YO me entere de la Misa, no pocas veces salgo de la misma disgustado. Pero como el Señor sabe lo que hace mucho mejor que yo, para curarme ese egoísmo galopante (espiritual, pero egoísmo al fin y al cabo) me hace ver de vez en cuando algún fruto de esos "malos ratos". Estando de vacaciones, al levantarme después de la Consagración, mi hijo mayor me dijo: "Papá, ¿porqué te has puesto de rodillas?". Al acabar la Misa le contesté como buenamente pude. En la siguiente Misa, cuando me arrodillé, él lo hizo a mi lado. Pero eso no es todo. Ha habido Misas después en que no lo ha hecho por estar distraído en otras cosas (esas que me disgustan), pero ayer, al llegar el momento, se volvió a arrodillar y, para mi alegría, también lo hizo mi hija mediana. Y ahí estaba yo, con uno arrodillado a cada lado. Sé que, a pesar de mis explicaciones, su idea de porqué arrodillarse es muy limitada, sobre todo de la niña, que tiene 3 años y ni siquiera le he llegado a explicar nada. Y esto me ha hecho pensar en la fuerza del ejemplo.


¿De qué nos sirve decirle a nuestros hijos que una determinada palabra o expresión no hay que decirla si, cuando nos enfadamos, la decimos nosotros? ¿Insistirles en que es importante leer si no nos ven hacerlo? ¿O que es importante ir a Misa si cuando no se portan como queremos salimos amargados de ella? Si les enseñamos la importancia de ir a la Iglesia o de los sacerdotes, ¿qué idea se les quedará si muchas veces nos ven ir desganados o criticamos al cura que ha dado la Misa, o su homilía o si es así o asá? Más que de las palabras, mucho más, los niños aprenden de nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras reacciones; en definitiva, de nuestro ejemplo.

Y esto que digo para los padres respecto a los hijos es completamente extrapolable a los católicos y el mundo. Cuando se nos predica sobre Jesucristo, no siempre se hace de sus palabras, sino también de sus acciones: pasó la noche orando, subió al monte a orar, comió con tal persona, lloró, durmió en la tempestad, caminó sobre las aguas, se hizo carne humillándose... Lógicamente las palabras son importantes, pero si no van acompañadas del ejemplo, no sólo no valen para lo que las pretendemos usar, sino para lo contrario, para escandalizar. Y me atrevería a decir más. Hay casos en que la simple actitud, el ejemplo, sin decir una sola palabra, sirve para llamar a la conversión, para que el que lo ve se interrogue, para ser signo de contradicción. El mismo san Pablo, en varias ocasiones, apela al ejemplo de su vida como signo de la veracidad de su predicación.

Esto es así porque no creemos en un dios impersonal, no seguimos una filosofía descarnada o una ideología, sino que creemos en un Dios que se hizo carne, tomó nuestra carne, nació, fue niño, aprendió de sus padres y maestros, fue joven, adulto, rió, lloró, sufrió y se dejó matar por amor a nosotros, y resucitó para demostrarnos, con un nuevo ejemplo, que la vida no acaba aquí y que el sufrimiento tiene sentido. Por eso nuestra vida tiene que hacerse fe y nuestra fe hacerse vida. Porque si no vivimos como creemos, creeremos en lo que vivimos. No podemos escindir la mente del cuerpo. Somos un todo, y eso el ser humano lo tiene grabado en su corazón. Por eso nuestros hijos perciben rápidamente si lo que les decimos va por un lado y lo que hacemos por otro. Por eso no pocas veces podemos ser escándalo para los que nos rodean en la familia, el trabajo, donde sea, cuando decimos que somos católicos, que vamos a Misa, a tal o cual celebración, a la JMJ, a la Misa de las Familias o a lo que queráis, pero luego criticamos al de al lado, nos cabreamos y soltamos improperios cuando algo no nos sale como queremos, insultamos a alguien, o tantas otras cosas.

Si somos conscientes de estas cosas, ya tenemos mucho ganado. Porque el siguiente paso, una vez conocida nuestra limitación, es acudir al Único que nos puede ayudar. Ya que, como no somos pelagianos, sabemos que tener esa unidad de vida y pensamiento, es decir, ser santos, no está en nuestras fuerzas. Necesitamos, pues, cada mañana y durante el día rezar al Señor, orar constantemente como dijo san Pablo, para que nos de su gracia y cada día podamos realizar los "pequeños pasos posibles" que nos lleven a la santidad.

6 comentarios:

  1. ¿por qué al final siempre todo se reduce a la oración? y por que los laudes son al levantarse? que complicado, y que sencillo a la vez...

    Me ha gustado el post de hoy, así que ya sabes, a predicar con el ejemplo ;)

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  2. El Señor nos ha llamado hijos, esposa, amigos. Si humanamente, en las relaciones entre padres e hijos, esposos o amigos es esencial la comunicación, ¡cuánto más con Dios! Pero no solo para pedir, como hacemos-hago casi siempre, sino para dar gracias, bendecirle o simplemente darle los buenos días o las buenas noches. Tú los has dicho, LO HACEMOS complicado, pero ES sencillo.

    Gracias por comentar, brother.

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    Respuestas
    1. Si pero, todo es relativo... me refiero a que ahora mismo piensas que dormir 30 minutos mas tampoco es tanto, pero... por la mañana todos sabemos que 30 minutos es mas de media hora! Hay que combatir men...


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  3. He leido toda la entrada con una sonrisa dibujada. Yo solo tengo dos peques, que me hacen pasar por lo mismo. Al final he terminado por ser yo la que aprendo de sus actitudes. Descubrí que cuando mis hijos están revoltosos en misa o inquietos, resulta que yo ando igual. Mas pendiente de que se portasen bien que de lo que alli está pasando. Un día le dije al Señor mentalmente que me ayudase a saber llevar esa situación y me sorprendió su respuesta. Me dijo que no podía ayudarme si yo era la primera distraída. Así que desde entonces ni les presto atención en misa, y Él ha hecho el resto, porque los niños se comportan y me imitan en todo lo que voy haciendo.
    ¿Milagro? Pues sí.
    Porque mis dos diablillos van cambiando sin que yo me angustie o me distraiga y yo voy conociendo mejor ese evangelio de "Dejad que los niños vengan a mi" Después de todo cuando uno acerca a los hijos en edad de niños al Señor, son eso, niños. Y Dios lo sabe y no le molestan las cosillas de los niños, es a nuestra intolerancia de aceptar las cosas que no son como creemos que deberían ser a la que si le cuesta. Y los niños después de todo son esas grandes esponjas que absorben e imitan a los mayores que les rodean.
    Un abrazo.

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  4. Muchas gracias por comentar Sacramento. Tomo nota de tu experiencia-consejo. Ciertamente, siguiendo el razonamiento de mi comentario, más aprenderán los niños de vernos centrados en la Misa que de que les estemos corrigiendo constantemente durante la celebración.
    Un abrazo.

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  5. estoy completamente de acuerdo contigo. Espero que Dios supla mis deficiencias o escándalos.Que mis hijos se fijen en Cristo. Mucha veces cuando veo que son mis pecados los que están educado ya es tarde......Lo dicho que difícil es educar en
    Un Abrazo .

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