martes, 9 de octubre de 2012

¿Sabemos lo que hacemos?

La Oración después de la Comunión de la Misa del domingo decía: "Concédenos, Señor todopoderoso, que de tal manera saciemos nuestra hambre y nuestra sed en estos sacramentos, que nos transformemos en lo que hemos recibido". Daré por hecho que todos hemos escuchado esta oración atentamente, al igual que las del resto de la Misa. Aunque, al menos en mi caso, la mayoría de las veces pasan desapercibidas, no les presto atención. ¡Cuántas gracias me pierdo por ello! Dejando este tema, muy serio por otro lado, vuelvo a la oración, y me gustaría centrarme en lo que he puesto en negrita.

¿Realmente somos conscientes de lo que hemos recibido? ¿Nos damos cuenta de que en la Eucaristía se nos da Dios mismo, físicamente, palpablemente? Él esta ahí, sobre el altar, ¡y tantas veces estamos pendientes de otras cosas! De la hora que es, pensando en lo que vamos a hacer luego, en lo que hemos hecho antes, en cómo habrá quedado el partido que no hemos podido ver, en cómo va vestido fulanito o fulanita, en cómo está celebrando el cura, etc. Y mientras, Él sigue ahí, esperándonos, paciente, deseando que nos volvamos a Él. Murió por nosotros y actualiza su sacrificio en cada Misa humillándose hasta hacerse un pedazo de pan y un poco de vino por amor a nosotros y para transformarnos en Él, para divinizarnos, para darnos su naturaleza divina, para darnos la vida eterna. ¿A qué jugamos entonces? ¿Nos acercamos al altar con esta conciencia o porque toca? En el Camino Neocatecumenal recibimos el Cuerpo de Cristo en la mano y lo tenemos ahí unos instantes. ¿Realmente lo adoramos en ese momento, le hablamos, le decimos que le amamos, le damos las gracias por lo que hace en nuestra vida y sobre todo por dársenos Él mismo? ¿O lo sostenemos como si nada, como si fuese un simple pedazo de pan si más, esperando el momento de comerlo como el que espera que se enfríe la pizza? Y si no estamos en el Camino Neocatecumenal o estamos en una Misa donde recibimos la Sagrada Forma de manos del sacerdote consumiéndola en ese instante, ¿qué pasa por nuestra cabeza antes de recibirla? ¿O en qué pensamos de camino a nuestro sitio o cuando nos hemos sentado? ¿En que ya falta poco para acabar la celebración? ¿En que se está cantando bien o mal o no se está cantando? ¿En que mis hijos la están liando o en que "mira que bien se portan"? ¿O en cambio le agradecemos el Don que acabamos de recibir, le rezamos, le adoramos, caemos en la cuenta de que acaba de entrar, físicamente, en nuestro cuerpo? Esto es muy serio, tanto que muchos han muerto o se han jugado la vida por evitar que el Cuerpo y la Sangre fuesen profanados. Tanto que en pecado grave no se puede comulgar. Tanto que para los satanistas no hay mayor logro que hacerse con una Sagrada Forma para profanarla en sus misas negras. ¿Es que tienen más fe en que Cristo se hace pan y vino los seguidores del demonio que nosotros? 

Tomar el Cuerpo de Cristo nos une a Él. No hay mayor signo de comunión con Dios y con la Iglesia. Hasta tal punto es así que el obispo de Newark, Monseñor Myers, ha afirmado esto:
“Exhorto a aquellos que no están en comunión con la Iglesia en lo referente a su doctrina sobre el matrimonio y la familia (o sobre cualquier otra materia grave de la fe) a que examinen sinceramente sus conciencias, pidiendo a Dios la gracia del Espíritu Santo que nos “guiará hasta la verdad completa” (Jn 16,13). Si siguieran siendo incapaces de dar su asentimiento a la doctrina de la Iglesia en estas materias o de vivir según la misma, con sinceridad y humildad deberán abstenerse de recibir la Comunión hasta que puedan hacerlo con integridad. Seguir recibiendo la Comunión mientras se disiente así de la doctrina de la Iglesia sería objetivamente deshonesto".
Espero que tengamos estas cosas presentes, que realmente creamos sepamos que la Eucaristía es lo más grande que nos ha dejado el Señor, porque ¡es Él mismo! Que así lo vivamos cada Misa, cuando pasemos delante del Sagrario y por tanto hagamos la genuflexión porque ahí está nuestro Señor. Incluso que cuando veamos una Iglesia al ir por la calle le dediquemos un saludo, un pensamiento, sabiendo que ahí, en algún rincón de ese templo, está Él, nuestro Dios, nuestro Señor, el Esposo, nuestro Amado, silencioso, esperando, inflamado de Amor por nosotros. Vayamos a Él.

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