lunes, 29 de octubre de 2012

Sin Dios no podemos amar

El viernes estuve viendo la película San Agustín, que os recomiendo para conocer un poco la vida de este enorme santo. Lo suyo es que leáis sus Confesiones, con mucha más enjundia que la película, pero ésta "solo" dura 3 horas, mientras que el libro os puede llevar bastante más. Pero bueno, a lo que iba. Hacia el final de la película, el obispo Agustín celebra varios matrimonios al mismo tiempo, antes de que los Vándalos tomen la ciudad. En esa ceremonia dice unas palabras que me encantaron y que supuse que estarían sacadas de algún texto suyo, y así es. La frase es esta:
Ama y haz lo que quieras - si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, también por amor; si te abstienes, por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno.
Aunque esta debería ser la actitud de cualquier cristiano, quiero aplicarla, siguiendo la idea de la película, al matrimonio, ya que Dios ha querido que este sacramento sea el que mejor haga visible el amor trinitario: el Padre ama al Hijo y el Hijo al Padre, surgiendo de ambos el Espíritu Santo (por favor, corregidme los que sepáis Teología trinitaria si he metido la pata). Así, los esposos se aman y de ellos surge la vida, los hijos.

Pero para entender esto hay que tener claro qué es el amor. Y en el mundo de hoy esta palabra está más que desvirtuada. Está pervertida. Se ha reducido el amor a poco más que pasión, deseo, cariñitos, etc., y todo ello lo más alejado posible del sufrimiento. Si hay sufrimiento, no hay amor. De ahí los divorcios, suicidios, abortos, eutanasias... Al menor atisbo de dolor, la gente huye hacia adelante. Y es normal, ya que si uno cree que con la muerte se acaba todo, el sufrimiento le recuerda constantemente esa muerte. Pero a nosotros, los cristianos, se nos ha anunciado algo muy distinto. Se nos ha dicho que ha habido Uno que, por amor a nosotros, "aprendió, sufriendo, a obedecer", llegando a dar la vida para salvarnos. Eso es el amor, dar la vida para que el otro la tenga, renunciar a nosotros para que el otro sea feliz. Y, del mismo modo que Cristo resucitó, demostrando así que la muerte no tiene dominio sobre nosotros, cuando damos, aunque sea un poco, la vida por los demás, experimentamos que no morimos, que al vaciarnos nos llenamos, en definitiva, que la felicidad está en entregarnos a los demás. Y esto es algo que se vive a diario en el matrimonio y la familia. Por eso la Iglesia no se cansa de decir que la familia es la iglesia doméstica, la célula esencial de la sociedad, donde se transmite en primer lugar la fe, donde se aprende a vivir. Porque en una familia donde está Cristo, la mujer se da al marido sin condiciones, igual que el marido a la mujer. Los hijos aprenden a obedecer a sus padres y a compartir con los hermanos, saliendo así del egoísmo. Los padres, y muy especialmente las madres, dan la vida por sus hijos, entregándoles su tiempo, su no dormir, incluso su cuerpo en los embarazos, dándose físicamente para que otro reciba la vida. Y así tantas cosas, tantos momentos. 

Por eso es tan importante vivir la fe, nutrirse de los sacramentos, empaparse de las Escrituras y rezar, rezar, rezar (y en la medida de lo posible, el matrimonio junto). Todo esto nos iluminará para ver la acción de Dios en nuestra vida, para experimentar su Amor. Y así, experimentándolo, lo daremos nosotros -porque nadie da de lo que no tiene- en cada momento del día, ya callemos, gritemos, corrijamos, enseñemos, limpiemos, madruguemos, cocinemos, preparemos la mesa, la recojamos, vayamos a la compra, al trabajo o lo que sea que hagamos. Con el Espíritu Santo siempre lo haremos todo por amor.

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