jueves, 29 de noviembre de 2012

Ya viene mi Dios

Llega el Adviento, viene el Señor. Se acerca la Navidad, está próximo nuestro Salvador.

El Adviento no es simplemente el tiempo que precede a la Navidad. Es (debería ser) nuestra vida. Porque quien vive el Adviento vive en espera y en Esperanza, que es como debe vivir el cristiano hasta el día de su muerte.

La primera parte de este tiempo litúrgico nos remite a la Escatología, a la vuelta del Señor. Nos invita a estar preparados, con las lámparas encendidas, a vivir con los pies en el suelo y la mirada puesta en el Cielo, a santificar nuestra vida para que el Señor, cuando vuelva, nos encuentre despiertos. Porque va a volver, porque nos vamos a morir. Por eso esta primera parte del Adviento tiene que ser nuestra actitud diaria, cada día de nuestra vida. ¿O es que sólo tenemos que esperar al Señor dos semanas al año? ¿Sólo tenemos que pensar en la muerte en noviembre y en las dos primeras semanas de Adviento? No seamos necios.

La segunda parte nos invita a la Esperanza de saber que Dios nos ama infinitamente; tanto que se ha hecho uno de nosotros, se ha abajado a nuestra naturaleza para alzarla hasta el Cielo. Ya no somos sólo hombres. Somos hijos de Dios. Él ha querido vivir como uno de nosotros, entre nosotros. ¡Ya no tenemos nada que temer! ¡Dios está con nosotros! ¿Quién contra nosotros? Esta segunda parte nos prepara para recibir "la mejor noticia de la historia de la humanidad", como dice la Calenda de Navidad. Dios se ha hecho hombre.

Si vivimos esto así es cuando tiene sentido la fiesta, las cenas, las comidas, los regalos. ¿Cómo no va a tener sentido? ¿Cómo no vamos a estar felices?

Entremos en el Adviento, aprovechemos este tiempo que nos brinda la Iglesia para preparar nuestro corazón a la venida del Señor, que no se cansa de nosotros, que está siempre ahí, esperando a que acudamos a Él, deseando que acudamos a Él. Porque, como dijo san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti».



viernes, 23 de noviembre de 2012

Oremos por ellos

¿Cuántas veces le has pedido a un sacerdote que rece por ti? ¿Y cuándo fue la última vez que rezaste por uno de ellos?

Los sacerdotes, desde el Papa hasta el último ordenado, necesitan nuestra oración. Me atrevería a decir que la necesitan más de lo que necesitamos nosotros la suya. Ellos han ofrecido su vida por entero al Señor para poder servírnoslo en sus sacramentos, sobre todo en la Eucaristía y la Confesión. Y eso al demonio no le hace ni pizca de gracia. Hará todo lo que pueda (y es mucho) para hacerlos caer, porque por mucho que sean pecadores como nosotros, un mismo pecado, máxime si es público, no tiene la misma repercusión en la Iglesia si es cometido por un laico que si es cometido por un sacerdote. Ahí tenéis los escándalos de pedofilia, el daño que han hecho a la Esposa de Cristo. Todos vemos cómo los medios de comunicación sacan rápidamente cualquier noticia morbosa que tenga como protagonista a un cura o a un obispo, mientras ignoran absolutamente el asesinato de alguno de ellos o su entrega absoluta en tantas misiones. Eso es así, y poco podemos influir en ello, porque sabemos quién es el príncipe de este mundo, a quien consciente o inconscientemente sirven la mayoría de esos medios. A nosotros lo que nos toca es rezar, y rezar mucho por ellos, así como apoyar, si se diera el caso, a alguno de nuestro hijos si viera que esa es su vocación. La Iglesia necesita sacerdotes, nosotros los necesitamos, el mundo los necesita. Y los necesitamos santos. 

Sin sacerdotes no hay Confesión, sin los sacerdotes no hay Eucaristía.



Recemos por ellos. Nos necesitan.

martes, 20 de noviembre de 2012

Está llamando, ¿lo oyes?


No sé si habéis caído en la cuenta, supongo que sí, pero nos morimos.

Cada vez me fijo más, y cuanto más lo hago más me gusta, en la distribución de los tiempos litúrgicos. Incluso en su consonancia con las distintas estaciones del año. Del mismo modo que celebramos la Resurrección de Cristo cuando toda la naturaleza sale de la "muerte" del invierno al nuevo florecer de la primavera, en noviembre, cuando empieza el frío y los días son más cortos, ayudando al recogimiento, ponemos nuestra mirada en aquello que a todos nos espera, la puerta por la que hemos de cruzar. Hemos celebrado el último domingo del Tiempo Ordinario, estamos a punto de iniciar el Adviento, y, en medio, la Solemnidad de Cristo Rey.

El sentido de las lecturas del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y las del I Domingo de Adviento es prácticamente el mismo. Las primeras, situadas al final del año litúrgico, en el mes de noviembre, nos sitúan en el final de este mundo, en ver que todo lo que tenemos aquí es pasajero, temporal, accesorio. Las segundas, estando al comienzo del Adviento, nos muestran, al igual que las anteriores, cuál debe ser la actitud del cristiano: de espera, sabiéndose peregrino, cuidándose de que las cosas del mundo no le adormezcan. ¿Y como nexo de unión? Jesucristo, Rey del Universo. Es Él realmente quien debe tener toda nuestra atención, de Él parte todo y hacia Él va. Nuestra vida y sobre todo nuestra muerte no tendrían sentido sin Él.

¡Viva Cristo Rey! Esta ha sido la frase que en la primera mitad del siglo XX, en México y en España, ha sustituido a aquella que pronunciaron tantos mártires ante los tribunales romanos: Christos Kyrios, Cristo es el Señor. Así lo ha recordado el obispo de Alcalá de Henares, monseñor Reig Pla, al celebrar una misa en el cementerio de Paracuellos del Jarama en memoria de aquellos que fueron martirizados a finales de 1936 por ser cristianos. Y también es algo que refleja muy bien la película Cristiada, que desde ya os recomiendo. 

En esta película se recrean los martirios de varios sacerdotes y laicos que hoy día son beatos o santos. (Spoiler) Es especialmente duro glorioso el de un chico que podía haber salvado su vida con unas simples palabras, pero que no quiere traicionar a Aquel con quien se ha encontrado a través de un sacerdote y de la fe de sus padres. Incluso su madre asiente orgullosa cuando su hijo exclama, ante la tumba abierta en la tierra, ¡Viva Cristo Rey! ¿Y qué dijo justo antes de morir? "Vuelvo a casa". 

¿Cuál es nuestra casa? ¿Realmente creemos que nuestra casa es el Cielo, que aquí estamos de paso? Entonces, ¿por qué vivimos tantas veces como si fuéramos a estar aquí para siempre, acumulando cuanto más mejor? O sabiendo que nos morimos pero, como si esta vida fuera lo mejor y lo que hay después de la muerte (si es que creemos que lo hay) algo extraño, borroso, que no tenemos muy claro, entonces tenemos que aprovechar el tiempo que tenemos. ¿En qué? Viajar, ver cosas, gustar placeres, etc. En definitiva, no "aprovechar" sino "gastar". Si tuviéramos más presente la muerte (desde la fe, claro), nuestra vida sería muy distinta. Porque cuando uno sabe que está aquí temporalmente y que a su vida definitiva sólo va a llevar las obras de amor, vive de otra forma. ¿Tiene televisión, coche, teléfono, ordenador, cámara de fotos, juegos, libros, etc.? Seguramente sí, pero no pone su felicidad en ellos. Es decir, que si le falta algo de eso, no pasa nada. ¿Viaja? Genial ¿No viaja? Lo mismo. ¿Va a un buen restaurante? Lo disfruta como el que más. ¿No se lo puede permitir? Pues no pasa nada. Y así con todo lo que se os ocurra. Como vimos en la carta a Diogneto: los cristianos vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Porque, viviendo así, daremos más importancia a lo que la tiene: ayudar en casa, consolar al que sufre, socorrer al pobre, alegrarse con el que se alegra. Como dijo el sacerdote en la homilía pasada, esas cosas sí caben en el ataúd, porque ya están hechas. Busquemos el Reino de Dios, y lo demás se nos dará por añadidura.
"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo."

jueves, 8 de noviembre de 2012

Al hilo del fallo del TC: cristianos en el mundo

No por esperado ha sido menos doloroso el fallo del Tribunal Constitucional avalando la constitucionalidad del mal llamado matrimonio homosexual. Algunos blogueros han hecho ya reflexiones sobre el tema: Bruno Moreno, Luis Fernando Perez (aquí y aquí), Juanjo RomeroEl Chascarrillo del Monaguillo o del padre Iraburu. Todos ellos son muy buenos y os recomiendo leerlos. Pero mi artículo de hoy viene más a raíz del de Todoerabueno.

Hace tiempo me contaron que a un sacerdote con fama de tener discernimiento le preguntaron que qué pensaba sobre la situación de la sociedad de hoy y la deriva que llevaba. Él contestó que estábamos volviendo a la normalidad. 

La época de la llamada Cristiandad ha sido muy buena. Ha servido para que el Evangelio haya llegado a sitios remotos, se asentara donde ya estaba, se pusieran las bases para la educación de hoy, la ciencia, el Derecho y los derechos, la economía y tantas otras cosas. Sin los siglos de Cristiandad nada de esto sería concebible, la sociedad occidental no sería lo que es. Eso es así, por mucho que le escueza a algunos. Pero esa época ha sido un paréntesis, el tiempo del que el Señor se ha valido para preparar el terreno de la viña y el trigo, roturarlo, abonarlo, sembrarlo. Pero hay viñas que no dan fruto y con el trigo ha crecido la cizaña. ¿Dónde hablan los Evangelios de que se fuese a instaurar el Reino en este mundo? ¿De que la sociedad se regiría por el Evangelio? ¿No hablan más bien del "Príncipe de este mundo"? ¿De que en el mundo tendremos persecución? ¿De que si a Él le han perseguido lo mismo harán con nosotros? ¿No hablan Jesús y san Pablo de una gran apostasía? ¿No dice Cristo que el que persevere hasta el final se salvará? ¿Porqué iba a decir eso si estuviese pensando en un mundo guiado por la luz del Evangelio? Como bautizados somos sacerdotes, profetas y reyes. Y si somos profetas tenemos que saber leer los signos de los tiempos, y estos dicen que la Cristiandad hace años que acabó, que los cristianos empezamos a ser incómodos cuando no molestos, que la Palabra de Dios se está cumpliendo.

¿Significa todo esto que debemos resignarnos y no hacer nada porque es algo que sucederá sí o sí, tratando de pasar desapercibidos y limitarnos a ir a nuestra Misa sin molestar? Para nada. Estamos llamados a ser la luz del mundo, porque el mundo está en tinieblas, como acaba de mostrar el Tribunal Constitucional. Tenemos que empezar a ser serios con lo que creemos. ¿Que un partido no defiende los principios básicos? Pues no se le vota. ¿Que no hay ninguno que lo haga? Pues votamos en blanco. Hay que acabar con el principio del mal menor, porque ese principio nos ha llevado a donde estamos. Un mal siempre será un mal, aunque en casos extremos pueda optarse por ese mal menor siempre que esto suponga un bien. Pero ahora mismo, políticamente hablando, ¿cumple el PP ese requisito? Hablo del PP porque es quien gobierna y quien ha aglutinado (espero que eso haya acabado) tradicionalmente el voto católico. Pero, ¿qué ha hecho el PP con el aborto, el matrimonio homosexual, EpC, el divorcio exprés, etc.? Sinceramente, si un católico vuelve a votar a este PP estará traicionando su fe.

Esta sentencia del TC, la victoria de Obama (profundamente pro-abortista), y lo que está por venir no tiene que ser para nosotros motivo de meter la cabeza en el suelo cual avestruz. Todo esto tiene que servir como acicate para encender nuestra fe, tantas veces tibia. Somos tan tontos que la mayoría necesitamos acontecimientos desagradables para volvernos al Señor, igual que le sucedía al pueblo de Israel. Y al igual que Israel, tenemos que rezar mucho para que el Señor nos ayude a volvernos a Él y a vivir como lo que somos, sus hijos.

Para terminar y para reflexionar, os dejo un fragmento de la magnífica Carta a Diogneto, que es absolutamente actual y puede ayudarnos a entender lo que son los cristianos en el mundo:
Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres. En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos, ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda patria les es extraña.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo. Se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos. Les falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos bendicen». Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.
Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo visible, y los cristianos son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma, aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los miembros que la odian, y los cristianos aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los cristianos están detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los cristianos tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos. El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los cristianos, castigados de muerte todos los días, no hacen sino aumentar: tal es la responsabilidad que Dios les ha señalado, de la que no sería licito para ellos desertar.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Hoy una mixtura

Hoy he leído varios artículos de distintos (y muy buenos) blogs, todos ellos sobre temas diferentes y (en apariencia) inconexos. Por un lado está el artículo-foro de debate de Angelo sobre la afirmación de un chico en el vídeo que promocionaba el recientemente terminado Congreso Nacional de Pastoral Juvenil que decía (el chico) que lo fácil es creer en Dios pero que él ya no creía porque Dios no le había respondido. Luego está un artículo del padre Fortea que en pocas palabras demuestra lo fácil que caemos en la idolatría. Por otro lado tenemos el fantástico artículo-narración de Bruno Moreno donde vemos dónde nos puede llevar la "hoja de ruta" que nos marca el mundo para llegar a la felicidad. Finalmente están dos artículos del padre Jorge González, uno sobre la molestia de que suenen los móviles en Misa y otro sobre la peculiar forma que algunos tienen de diferenciar tipos de Misas.

Pues bien. Todos estos temas tienen un punto de unión muy claro, o, si lo preferís, una masa que los impregna todos y los convierte en un conjunto, como la que se echa sobre los frutos secos, las pasas, los trozos de fruta, chocolate o lo que queráis y tras pasar por el horno forman un bizcocho, sólo uno, pero con múltiples matices. Esa masa es el Evangelio de este domingo: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que estos. No lo digo yo, lo dice Jesús.

Si amamos al Señor sobre todo no haremos depender su existencia, como si nosotros fuésemos la medida del conocimiento, de que me hable o no. Porque el punto no es que me hable, sino que yo le escuche. Si le amamos sobre todo le pondremos como prioridad en nuestra vida, quitándonos tiempo de sueño para rezarle, cortando nuestra actividad a medio día para rezar el Ángelus, poniéndole en el centro de nuestro día, etc, cada uno sabe. Si Él es nuestro Señor no seguiremos las luces de neón donde el mundo nos dice que está la felicidad, porque tendremos claro que ésta está con Él, tengamos éxito laboral o no, seamos admirados por la sociedad o no, tengamos dinero o no. Si le amamos con todo nuestro ser tendremos la delicadeza con Él de silenciar o apagar el móvil al entrar en Misa, ya que vamos a encontrarnos en su presencia, se nos va a dar físicamente, nos vamos a hacer uno con Él, y además sabremos que esto sucede en cualquier Misa, nos guste más o menos la música, la homilía, la forma de celebrar, que sea de nuestro grupo o parroquia o de otra, que conozcamos a la gente o no. Será con Él con quien nos encontremos, y eso nos bastará.

¿Y amar al prójimo como a uno mismo? Tendríamos que preguntarnos cómo nos amamos. Lógicamente si nos despreciamos a nosotros, no desde la humildad sino desde el orgullo y la soberbia, difícilmente amaremos al prójimo. Tal vez lo envidiaremos, deseemos tener lo que tiene, pero poco más. El pecado nos lleva a la soledad, como sacaba al leproso del pueblo. Pero lo habitual es que nos queramos bien, que deseemos tener lo mejor, vivir bien, con tranquilidad, dormir el tiempo que consideramos adecuado, que nos quieran y nos tengan en cuenta, etc. Pues si amamos al prójimo como a nosotros mismos, querremos lo mejor para él, que esté a gusto, que viva bien, que pueda descansar, le trataremos bien. Cada uno sabe lo que esto le supone en casa, en el trabajo, en la parroquia, en su entorno de amigos o familiares. El cura este en la homilía puso un ejemplo muy gráfico: estás comiendo con otro en la mesa y sólo queda un huevo, y te apetece mucho comértelo. Pero tal vez también le apetezca al otro. ¿Amarás al prójimo como a ti mismo? Si los cristianos vivimos así, el chico del vídeo encontrará a alguien que le ame como es y que viviendo la fe se convierta en esa respuesta que no escuchó; combatiremos la idolatría que hace que dediquemos más tiempo a nuestras cosas, olvidando a nuestro prójimo (familia, amigos, pobres...); consideraremos éxito no medrar en la sociedad a costa de lo que sea y de quien sea, sino darnos a los demás a costa de nuestra comodidad y nuestro hacer "lo que nos apetece"; apagaremos el móvil, no sólo por amor a Dios, sino por no molestar a los demás, como no nos gusta que nos molesten; y no juzgaremos cómo celebran otros la Misa porque reconoceremos que nosotros mismos no podemos (ni debemos) actuar a gusto de todos y que nuestra opinión o nuestro gusto pueden estar equivocados. 

Que cada uno ponga sus propios ejemplos. No hay nada como aterrizar la Palabra de Dios para ver si se hace carne en nosotros o no. ¿Qué haremos con ese huevo?

viernes, 2 de noviembre de 2012

Santos, difuntos, nosotros.


Hoy la Iglesia (es decir, nosotros) celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos; ayer fue la fiesta de Todos los santos; antes de ayer por la noche, Halloween, o lo que es lo mismo, All Hallows Evenening, la Víspera de Todos los santos. Todo lo que yo pueda decir de esto sería poco, así que os quiero traer un extracto de las lecturas patrísticas del Oficio de Lecturas de estas dos solemnidades, ya que los que las escribieron saben de esto algo más que yo: san Ambrosio y san Bernardo.

En la Conmemoración de los fieles difuntos leemos esto de san Ambrosio:
En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte.
¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.
Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos. 

Y en la Fiesta de Todos los santos san Bernardo nos dice lo siguiente:
¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. 
Sólo quiero añadir algo que es de perogrullo, pero que a menudo olvidamos. La santidad, el llegar a la presencia de Dios, no depende tanto de cómo hayamos vivido cuando de cómo hayamos muerto. Pero está claro que si se ha vivido enfangado en el pecado es muy difícil que muramos en gracia de Dios, y del mismo modo, si se ha vivido intentando hacer cada día Su voluntad, en el momento de la muerte muy probablemente tengamos nuestras alcuzas llenas de aceite, de modo que entremos con el Esposo. Por supuesto, un pecador empedernido puede recibir la luz en el último instante y uno que ha vivido santamente puede renegar de Dios en ese mismo último instante. Pero son casos aislados. La muerte es la prueba final del campeonato que es la vida; si hemos entrenado bien, tenemos muchas posibilidades de obtener la victoria. Si no, no es que no ganaremos, sino que no querremos ni correr.

Acabo poniendo las últimas palabras de una carta de Pablo Domínguez a las clarisas de Lerma que sirve de introducción al libro "Hasta la cumbre", el cual recoge los últimos ejercicios espirituales que dirigió este sacerdote antes de morir en un accidente en el Moncayo. A mi me impresionaron la primera vez que las leí, y lo siguen haciendo:
No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud, sin hacer mención de la última de las llamadas de Consagración que para todos está cerca:  me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un “día y hora” que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el Don que nos espera, con que esperamos los acontecimientos de Consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo. ¡Lo que en el momento de la muerte tiene importancia, la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la vida!

 
 
 
 

 
 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...