martes, 20 de noviembre de 2012

Está llamando, ¿lo oyes?


No sé si habéis caído en la cuenta, supongo que sí, pero nos morimos.

Cada vez me fijo más, y cuanto más lo hago más me gusta, en la distribución de los tiempos litúrgicos. Incluso en su consonancia con las distintas estaciones del año. Del mismo modo que celebramos la Resurrección de Cristo cuando toda la naturaleza sale de la "muerte" del invierno al nuevo florecer de la primavera, en noviembre, cuando empieza el frío y los días son más cortos, ayudando al recogimiento, ponemos nuestra mirada en aquello que a todos nos espera, la puerta por la que hemos de cruzar. Hemos celebrado el último domingo del Tiempo Ordinario, estamos a punto de iniciar el Adviento, y, en medio, la Solemnidad de Cristo Rey.

El sentido de las lecturas del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y las del I Domingo de Adviento es prácticamente el mismo. Las primeras, situadas al final del año litúrgico, en el mes de noviembre, nos sitúan en el final de este mundo, en ver que todo lo que tenemos aquí es pasajero, temporal, accesorio. Las segundas, estando al comienzo del Adviento, nos muestran, al igual que las anteriores, cuál debe ser la actitud del cristiano: de espera, sabiéndose peregrino, cuidándose de que las cosas del mundo no le adormezcan. ¿Y como nexo de unión? Jesucristo, Rey del Universo. Es Él realmente quien debe tener toda nuestra atención, de Él parte todo y hacia Él va. Nuestra vida y sobre todo nuestra muerte no tendrían sentido sin Él.

¡Viva Cristo Rey! Esta ha sido la frase que en la primera mitad del siglo XX, en México y en España, ha sustituido a aquella que pronunciaron tantos mártires ante los tribunales romanos: Christos Kyrios, Cristo es el Señor. Así lo ha recordado el obispo de Alcalá de Henares, monseñor Reig Pla, al celebrar una misa en el cementerio de Paracuellos del Jarama en memoria de aquellos que fueron martirizados a finales de 1936 por ser cristianos. Y también es algo que refleja muy bien la película Cristiada, que desde ya os recomiendo. 

En esta película se recrean los martirios de varios sacerdotes y laicos que hoy día son beatos o santos. (Spoiler) Es especialmente duro glorioso el de un chico que podía haber salvado su vida con unas simples palabras, pero que no quiere traicionar a Aquel con quien se ha encontrado a través de un sacerdote y de la fe de sus padres. Incluso su madre asiente orgullosa cuando su hijo exclama, ante la tumba abierta en la tierra, ¡Viva Cristo Rey! ¿Y qué dijo justo antes de morir? "Vuelvo a casa". 

¿Cuál es nuestra casa? ¿Realmente creemos que nuestra casa es el Cielo, que aquí estamos de paso? Entonces, ¿por qué vivimos tantas veces como si fuéramos a estar aquí para siempre, acumulando cuanto más mejor? O sabiendo que nos morimos pero, como si esta vida fuera lo mejor y lo que hay después de la muerte (si es que creemos que lo hay) algo extraño, borroso, que no tenemos muy claro, entonces tenemos que aprovechar el tiempo que tenemos. ¿En qué? Viajar, ver cosas, gustar placeres, etc. En definitiva, no "aprovechar" sino "gastar". Si tuviéramos más presente la muerte (desde la fe, claro), nuestra vida sería muy distinta. Porque cuando uno sabe que está aquí temporalmente y que a su vida definitiva sólo va a llevar las obras de amor, vive de otra forma. ¿Tiene televisión, coche, teléfono, ordenador, cámara de fotos, juegos, libros, etc.? Seguramente sí, pero no pone su felicidad en ellos. Es decir, que si le falta algo de eso, no pasa nada. ¿Viaja? Genial ¿No viaja? Lo mismo. ¿Va a un buen restaurante? Lo disfruta como el que más. ¿No se lo puede permitir? Pues no pasa nada. Y así con todo lo que se os ocurra. Como vimos en la carta a Diogneto: los cristianos vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Porque, viviendo así, daremos más importancia a lo que la tiene: ayudar en casa, consolar al que sufre, socorrer al pobre, alegrarse con el que se alegra. Como dijo el sacerdote en la homilía pasada, esas cosas sí caben en el ataúd, porque ya están hechas. Busquemos el Reino de Dios, y lo demás se nos dará por añadidura.
"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo."

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