lunes, 5 de noviembre de 2012

Hoy una mixtura

Hoy he leído varios artículos de distintos (y muy buenos) blogs, todos ellos sobre temas diferentes y (en apariencia) inconexos. Por un lado está el artículo-foro de debate de Angelo sobre la afirmación de un chico en el vídeo que promocionaba el recientemente terminado Congreso Nacional de Pastoral Juvenil que decía (el chico) que lo fácil es creer en Dios pero que él ya no creía porque Dios no le había respondido. Luego está un artículo del padre Fortea que en pocas palabras demuestra lo fácil que caemos en la idolatría. Por otro lado tenemos el fantástico artículo-narración de Bruno Moreno donde vemos dónde nos puede llevar la "hoja de ruta" que nos marca el mundo para llegar a la felicidad. Finalmente están dos artículos del padre Jorge González, uno sobre la molestia de que suenen los móviles en Misa y otro sobre la peculiar forma que algunos tienen de diferenciar tipos de Misas.

Pues bien. Todos estos temas tienen un punto de unión muy claro, o, si lo preferís, una masa que los impregna todos y los convierte en un conjunto, como la que se echa sobre los frutos secos, las pasas, los trozos de fruta, chocolate o lo que queráis y tras pasar por el horno forman un bizcocho, sólo uno, pero con múltiples matices. Esa masa es el Evangelio de este domingo: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo." No hay mandamiento mayor que estos. No lo digo yo, lo dice Jesús.

Si amamos al Señor sobre todo no haremos depender su existencia, como si nosotros fuésemos la medida del conocimiento, de que me hable o no. Porque el punto no es que me hable, sino que yo le escuche. Si le amamos sobre todo le pondremos como prioridad en nuestra vida, quitándonos tiempo de sueño para rezarle, cortando nuestra actividad a medio día para rezar el Ángelus, poniéndole en el centro de nuestro día, etc, cada uno sabe. Si Él es nuestro Señor no seguiremos las luces de neón donde el mundo nos dice que está la felicidad, porque tendremos claro que ésta está con Él, tengamos éxito laboral o no, seamos admirados por la sociedad o no, tengamos dinero o no. Si le amamos con todo nuestro ser tendremos la delicadeza con Él de silenciar o apagar el móvil al entrar en Misa, ya que vamos a encontrarnos en su presencia, se nos va a dar físicamente, nos vamos a hacer uno con Él, y además sabremos que esto sucede en cualquier Misa, nos guste más o menos la música, la homilía, la forma de celebrar, que sea de nuestro grupo o parroquia o de otra, que conozcamos a la gente o no. Será con Él con quien nos encontremos, y eso nos bastará.

¿Y amar al prójimo como a uno mismo? Tendríamos que preguntarnos cómo nos amamos. Lógicamente si nos despreciamos a nosotros, no desde la humildad sino desde el orgullo y la soberbia, difícilmente amaremos al prójimo. Tal vez lo envidiaremos, deseemos tener lo que tiene, pero poco más. El pecado nos lleva a la soledad, como sacaba al leproso del pueblo. Pero lo habitual es que nos queramos bien, que deseemos tener lo mejor, vivir bien, con tranquilidad, dormir el tiempo que consideramos adecuado, que nos quieran y nos tengan en cuenta, etc. Pues si amamos al prójimo como a nosotros mismos, querremos lo mejor para él, que esté a gusto, que viva bien, que pueda descansar, le trataremos bien. Cada uno sabe lo que esto le supone en casa, en el trabajo, en la parroquia, en su entorno de amigos o familiares. El cura este en la homilía puso un ejemplo muy gráfico: estás comiendo con otro en la mesa y sólo queda un huevo, y te apetece mucho comértelo. Pero tal vez también le apetezca al otro. ¿Amarás al prójimo como a ti mismo? Si los cristianos vivimos así, el chico del vídeo encontrará a alguien que le ame como es y que viviendo la fe se convierta en esa respuesta que no escuchó; combatiremos la idolatría que hace que dediquemos más tiempo a nuestras cosas, olvidando a nuestro prójimo (familia, amigos, pobres...); consideraremos éxito no medrar en la sociedad a costa de lo que sea y de quien sea, sino darnos a los demás a costa de nuestra comodidad y nuestro hacer "lo que nos apetece"; apagaremos el móvil, no sólo por amor a Dios, sino por no molestar a los demás, como no nos gusta que nos molesten; y no juzgaremos cómo celebran otros la Misa porque reconoceremos que nosotros mismos no podemos (ni debemos) actuar a gusto de todos y que nuestra opinión o nuestro gusto pueden estar equivocados. 

Que cada uno ponga sus propios ejemplos. No hay nada como aterrizar la Palabra de Dios para ver si se hace carne en nosotros o no. ¿Qué haremos con ese huevo?

3 comentarios:

  1. Un punto: sí se puede juzgar el modo de ciertas celebraciones (eucarísticas u otras) si nos atenemos al criterio establecido por la Iglesia en los libros litúrgicos (las rúbricas contienen y expresan teología). No se trata de gustos personales sino de disposiciones objetivas del Magisterio en materia de liturgia.

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    1. Totalmente de acuerdo, pero no quería entrar en eso, que daría para varios artículos o un libro para alguien que tenga buen conocimiento (como tú). Me refería más a cosas como la forma de celebrar del sacerdote: si tiene más o menos unción, si habla mejor o peor, más rápido o más despacio, si hace la homilía corta o larga, si canta o deja de cantar. O bien si el coro canta mejor o peor (según nuestro criterio), si el lector entona correctamente (según nuestro criterio), etc. En definitiva, me refería a aquellos factores que no están estrictamente regulados y que juzgamos más desde nuestro subjetivismo que desde la objetividad.

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  2. Está claro que hay que empezar por uno mismo...Dar alegremente y con sencillez lo que esperas que te den...Mirando a uno que está Crucificado....solo existe el Amor en la dimension de la Cruz.....
    Buenisima entrada!

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