viernes, 2 de noviembre de 2012

Santos, difuntos, nosotros.


Hoy la Iglesia (es decir, nosotros) celebra la Conmemoración de todos los fieles difuntos; ayer fue la fiesta de Todos los santos; antes de ayer por la noche, Halloween, o lo que es lo mismo, All Hallows Evenening, la Víspera de Todos los santos. Todo lo que yo pueda decir de esto sería poco, así que os quiero traer un extracto de las lecturas patrísticas del Oficio de Lecturas de estas dos solemnidades, ya que los que las escribieron saben de esto algo más que yo: san Ambrosio y san Bernardo.

En la Conmemoración de los fieles difuntos leemos esto de san Ambrosio:
En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte.
¿Qué más diremos? Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.
Nuestro espíritu aspira a abandonar las sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos. 

Y en la Fiesta de Todos los santos san Bernardo nos dice lo siguiente:
¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. 
Sólo quiero añadir algo que es de perogrullo, pero que a menudo olvidamos. La santidad, el llegar a la presencia de Dios, no depende tanto de cómo hayamos vivido cuando de cómo hayamos muerto. Pero está claro que si se ha vivido enfangado en el pecado es muy difícil que muramos en gracia de Dios, y del mismo modo, si se ha vivido intentando hacer cada día Su voluntad, en el momento de la muerte muy probablemente tengamos nuestras alcuzas llenas de aceite, de modo que entremos con el Esposo. Por supuesto, un pecador empedernido puede recibir la luz en el último instante y uno que ha vivido santamente puede renegar de Dios en ese mismo último instante. Pero son casos aislados. La muerte es la prueba final del campeonato que es la vida; si hemos entrenado bien, tenemos muchas posibilidades de obtener la victoria. Si no, no es que no ganaremos, sino que no querremos ni correr.

Acabo poniendo las últimas palabras de una carta de Pablo Domínguez a las clarisas de Lerma que sirve de introducción al libro "Hasta la cumbre", el cual recoge los últimos ejercicios espirituales que dirigió este sacerdote antes de morir en un accidente en el Moncayo. A mi me impresionaron la primera vez que las leí, y lo siguen haciendo:
No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud, sin hacer mención de la última de las llamadas de Consagración que para todos está cerca:  me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un “día y hora” que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el Don que nos espera, con que esperamos los acontecimientos de Consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo. ¡Lo que en el momento de la muerte tiene importancia, la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la vida!

 
 
 
 

 
 

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