martes, 18 de diciembre de 2012

Impossible is nothing (to God)

Un día, hace algo más de 2000 años, tal vez de noche, ya que ha Dios le encanta actuar de noche (promesa a Abraham, lucha con Jacob, salida de Egipto... la Resurrección), un ángel le dijo a una joven judía: "Para Dios nada hay imposible".

¿Por qué hay tantos matrimonios cristianos que tienen los hijos que Dios quiere (muchos, pocos o ninguno) cuando todo el mundo hace (y les dice) lo contrario?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué hay hombres y mujeres cristianos que renuncian a sí mismos para entregarse a Dios en el sacerdocio o en la vida religiosa?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué hay familias enteras que se van a evangelizar a Rusia, Micronesia, China, Perú, Argentina, EEUU, Suecia, Tanzania, etc., dejando en muchos casos una vida acomodada?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué un anciano de 78 años que espera tener un retiro y final de vida apacible acepta renunciar completamente a sí mismo para ser Siervo de los Siervos de Dios en el Papado?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué ha habido (y hay) tantos cristianos que han muerto asesinados y torturados, perdonando a sus ejecutores?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué los matrimonios que tienen a Cristo en medio no se separan a pesar de los problemas que surgen y cada vez se aman más?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué podemos tener paz y ser felices en la precariedad, la enfermedad o cualquier sufrimiento?

Porque para Dios nada hay imposible.

¿Por qué nos cuesta quitarnos de nuestro tiempo para rezar, posponemos la confesión, en ocasiones "no nos apetece" ir a Misa o nos es indiferente, nos hunde no tener el dinero que creemos necesitar o nos desespera la enfermedad o las contrariedades?

Porque no creemos que para Dios nada hay imposible.

La fiesta que vamos a celebrar es el hacer presente que Dios ha hecho algo imposible: hacerse hombre, hacerse como nosotros. Y esto quiere decir que puede hacer otra cosa imposible: que nosotros seamos como él, como Dios, que es lo que hace la Eucaristía, darnos su naturaleza, la naturaleza de Dios. ¿Habéis leído bien? La na-tu-ra-le-za de Dios. Y con esa naturaleza podemos ser santos, perfectos como es perfecto nuestro Padre celestial. Porque, si para Dios nada hay imposible, y con la Comunión nos hacemos como él, ¿qué no podremos hacer? "El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún."

Esto no quiere decir que tengamos que hacer supermegaobras, sino que cada día, cada momento, amaremos al que nos fastidia, sea nuestra mujer, nuestro marido, nuestros hijos, etc., daremos gracias a Dios por todo, excusaremos al que nos la lía con el coche en lugar de ponerle de vuelta y media, no juzgaremos al que hace las cosas mal (según nuestro criterio), no renegaremos cuando un hijo se despierta de madrugada (o 20 minutos antes de que suene el despertador) o cuando un feligrés quiere confesarse a una hora intempestiva, etc. Cada uno sabe qué es lo imposible que Dios hace posible en su vida.

Va a nacer nuestro salvador, el único que puede hacernos felices, ¿vaciaremos nuestro corazón de todo lo que impide que entre o le diremos que no hay sitio? Y el Señor no se conforma con un poco, te quiere todo para él. ¿Te negarás?


P.D.: el vídeo lo traigo del magnífico blog de Angelo, del post que me ha inspirado el mío.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Sin cruz nunca seremos santos


Porque, para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.
Este es el final de la segunda lectura del oficio de hoy, día en que se celebra la memoria de san Juan de la Cruz, y pertenece a su Cántico Espiritual. La traigo aquí porque me ha parecido espectacular. Os recomiendo leer toda la lectura para entender mejor la frase.

Meditándola después de escucharla, he llegado a dos conclusiones: la primera es que la cruz, no sólo es imprescindible para encontrase con Cristo, sino que además Dios nos la pone a diario en multitud de ocasiones. Y la segunda es que María es esencial para que entremos en la cruz con humildad.


Jesús ya dijo que "el que quiera se discípulo mío, tome su cruz ...". Pero, por si eso no es suficientemente claro, san Juan de la Cruz nos lo dice de otra forma: si queremos las riquezas de Dios, si queremos a Dios, la puerta es la cruz. No dice que la cruz sea una posibilidad más, un camino tan válido como otro, que sea opcional. No. Dice que es "la" puerta. Pero no hay que buscar grandes sufrimientos. La cruz no tiene porqué ser una enfermedad, el paro, un hijo conflictivo, un jefe insoportable, etc. Cada día tenemos la posibilidad de cargar con la cruz: cuando un hijo nos despierta a media noche, cuando en la oficina tenemos que tratar con el pesado de turno, cuando hay que fregar los cacharros y nosotros queremos descansar, cuando sucede algo, no necesariamente grave, que nos contraría, etc. Poned lo que queráis. En definitiva, cuando tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro "me apetece, no me apetece", cuando hemos de renunciar a nuestro "yo" para que el "tú" prevalezca. Por eso dice el santo que desear entrar por ella es de pocos. Porque a ninguno nos gustan estas cosas. A nosotros nos toca pedir la gracia al Señor cada día para entrar en su voluntad, siempre con su ayuda, porque como lo intentemos en nuestras fuerzas, vamos listos.


Y, ciertamente, el Señor nos ha dado una ayuda enorme: su madre. Ella empezó a vivir su propia cruz cuando empezó a llevarle en su seno. Le dio a luz en un establo. Tuvo que huir a Egipto. Quedó viuda, con lo que significaba en aquel tiempo. Y nunca renegó. "Guardaba todo en su corazón". Y, por supuesto, estuvo al pie de la cruz. Aunque no pertenece al Evangelio, siempre me ha impresionado la escena de La Pasión en la que María hace lo imposible para acercarse a su hijo en el Vía Crucis, y cuando lo hace, tras una caída del Señor, éste, al verla, parece recuperar las fuerzas y fijar de nuevo la vista en el objetivo de la voluntad del Padre, morir por nosotros. 

La cruz es necesaria para encontrarnos con el Señor, y como él sabe de nuestra debilidad, nos ha entregado a su madre, para que la acojamos en nuestro corazón y nos consuele en las dificultades.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a entrar cada día en nuestras cruces, y que lo hagamos con y por amor. Pidamos a nuestra Madre que nos ayude a "hacer lo que él nos diga". Gracias a que ella entró en la voluntad de Dios y aceptó el sufrimiento que conllevaría, hoy, nosotros, vamos a celebrar la Navidad y hemos sido salvados por la muerte y resurrección de Cristo. Por la aceptación amorosa de la cruz de una, millones y millones nos hemos encontrado con Dios. No menos importante es nuestra aceptación diaria de lo que nos hace sufrir, porque ese y no otro es el camino de la santidad, que es a lo que nos ha llamado el Señor: a ser santos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Adviento: Dos vídeos, una poesía y un texto

"Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra..."

La felicidad según el mundo: tener, tener, tener. 


"...Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre." (Lc 21, 34-36)


La felicidad según la Iglesia: Jesucristo.


¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno a oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí!; ¡qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
"Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía"!

¡Y cuántas, hermosura soberana:
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!

                             Lope de Vega


Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que, mientras vivimos él, somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros, significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin. (San Cipriano, Tratado sobre la muerte)


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