martes, 29 de enero de 2013

Los Miserables

Hoy sólo quiero recomendaros una película: Los Miserables.

Más allá de aspectos técnicos o de que los actores lo hagan mejor o peor (para mí, lo bordan, le daría el Oscar a Hugh Jackman sin pensarlo), a mi me ha ayudado en mi fe. No sé cómo vivirán la película los que no crean, pero, desde luego, para un cristiano no es sólo un musical, son dos horas y pico de oración. Pecado, expiación, culpa, misericordia (aceptarla con humildad o rechazarla con soberbia), amor por el sufriente, esperanza en el sufrimiento más profundo, confianza humilde en Dios, justificación del otro, cómo un acto de amor sincero puede cambiar vidas... Estas cosas y más las encontraréis en este musical. 

Yo no conocía la historia, no he leído el libro de Víctor Hugo ni visto el musical previamente en el teatro. Tal vez por eso me ha impactado más. Pero, lo conozcáis o no, os recomiendo la película. Sin temor a ser exagerado, debería ser como La Pasión, una película para ver, al menos, una vez a la año.

Finalmente, si la veis o la habéis visto, os confieso lo que pensé en la última escena, en el convento: yo quiero morir así, sabiendo que en esta vida he hecho lo que Dios quería que hiciera, y deseando de corazón que me lleve junto a Él.


martes, 15 de enero de 2013

La vida, con Cristo

Hoy es mi Dies Natalis, es decir, mi cumpleaños, porque hasta que el Señor me llame, el día de mi nacimiento será aquel en el que Él quiso que yo viera la luz de este mundo para empezar mi camino de santificación, camino que demasiado a menudo descuido cuando no evito. 

Pensando ayer en esto caí en la cuenta de que, como padre, me preocupo por transmitir la fe a mis hijos, tratando de rezar con ellos por las noches, los domingos, hablarles del Señor, etc. Y tal vez me preocupe demasiado. ¿Es esto posible? Pues sí, porque aun siendo cosas muy buenas suelto tomarlas de manera aislada: ¿hemos rezado? ¿he hablado mal delante de ellos? ¿cómo se han portado en Misa? A menudo me preocupo porque descuido alguna de estas acciones, pero no me preocupo ni analizo mi vida de fe. ¿Vivo de forma cristiana o vivo como un pagano? Porque si rezo todas las noches con mis hijos, los domingos, les hablo del Señor, etc., pero luego al primer problema me ven cabrearme, criticar, murmurar, quejarme, insultar al primero que me hace alguna con el coche, lamentarme porque algo no va como me gustaría, etc. ¿Con qué se van a quedar? 

Todo esto me vino a la mente por una cosa que leí:
Un padre le dice a su hijo: "Ten cuidado por donde caminas". Y el hijo le responde: "Ten cuidado tú: recuerda que yo sigo tus pasos".
Por supuesto que nuestros hijos tendrán su propia vida de fe, su encuentro con el Señor, y hasta cierto punto no podemos considerarnos responsables de todo lo que hagan, para bien o para mal. Pero el trasfondo de este diálogo es claro. Si no vivo como un cristiano, de poco valdrá todo lo que le pueda decir a mis hijos. Rezar con ellos, hablarles de Dios, llevarles a Misa, etc., tiene que ser todo una consecuencia de mi vida de fe, no una careta. Para llevarles al Cielo, debo andar yo primero ese camino. Si no santifico mi vida, ellos aprenderán que no es importante.

"Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la santidad no solamente comprometiéndose activamente a favor de los pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida familiar ejemplar. No pienso solo en los que ocupan puestos de primer plano en la vida de la sociedad, sino en todos los que saben transformar en oración su vida cotidiana, poniendo a Cristo en el centro de su actividad.
 Juan Pablo II
Este es mi deseo para el nuevo año de vida que Dios me concede, que me ayude a hacer de mi vida oración, de mi oración mi vida y que Él esté en el centro. Y lo mismo deseo para ti que me lees.
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