miércoles, 13 de febrero de 2013

Siervos de los siervos de Dios


Hace casi 8 años el Señor, a través de su siervo Juan Pablo II, quiso enseñarnos que el sufrimiento no resta un ápice de dignidad al hombre, sino más bien al contrario, lo despoja de todo lo que le sobra y le deja sólo ante Dios en la cruz. Y quiso hacerlo cuando celebrábamos la resurrección de Jesucristo, al final de la octava de Pascua, en el inicio del domingo de la Divina Misericordia, recordándonos que la muerte no tiene la última palabra y que Dios nos espera con los brazos abiertos. Y este lunes el Señor nos tenía preparada otra lección, de nuevo a través de su vicario, de nuevo coincidiendo con el comienzo de un tiempo litúrgico fuerte. Esta vez nos ha mostrado lo que es la humildad. En un mundo donde tanta gente ansía el poder, donde hay que "ser alguien", donde incluso en la Iglesia hay quien busca hacer carrera, el papa, el máximo mandatario católico en términos mundanos, ha demostrado lo que en realidad es: el siervo de los siervos de Dios. Como Juan el Bautista ha señalado al Único que importa y a su Esposa. Ellos son los importantes, no él. Y reconociendo que no está en condiciones de manejar la Barca, se echa a un lado.

Hay quien ha criticado a Benedicto XVI por esta decisión, bien por, supuestamente, huir del sufrimiento, o por traicionar la tradición. Muchos de los que le critican también criticaron en su momento a Juan Pablo II por no hacer lo que ha hecho Benedicto XVI. Hay de todo. Pero creo que la mayoría reconocemos la valentía de este paso y sentimos cierta tristeza por su futura ausencia. 

Yo creo que la decisión que ha tomado es la correcta. Y no lo digo porque tenga especial conocimiento de su salud ni de lo que piensa, sino porque le creo. Creo que, realmente, ha meditado mucho esta cuestión, haciéndolo frente al Señor, y de igual modo que aceptó ser papa cuando sus deseos eran otros, por el bien de la Iglesia, ahora, aceptando la misma voluntad de Dios que le nombró su vicario, renuncia, igualmente, por el bien de la Iglesia, haciendo ver a todo el mundo que nadie es imprescindible. Nada puede hacer pensar que huya del sufrimiento, porque, al contrario que su predecesor, no parece que tenga un gran sufrimiento que sobrellevar. Simplemente sus fuerzas están agotadas. No olvidemos que tiene 85 años y que ha entregado su vida, por entero, a Dios. Y ahora se sabe incapaz de llevar adecuadamente a la Iglesia, y por eso, en lugar de dejarse llevar y hacer lo fácil, que sería continuar en su puesto delegando cada vez más, ha preferido quitarse de en medio con la humildad que siempre le ha caracterizado para que sea otro quien tome las riendas.

Estamos en el siglo XXI, en la era de las comunicaciones, de los cambios rápidos, de las reacciones casi instantáneas a lo que sucede a lo largo y ancho del planeta, y la Iglesia debe adaptarse a eso. Algunos, individualmente, ya lo están haciendo. El mismo Benedicto XVI recientemente inauguró su cuenta de Twitter. Esto no es un capricho. Internet se ha convertido en un ámbito más de nuestra sociedad, y quien no está ahí, simplemente no está. Y ya no vale con tener una buena página web. Hay que estar de forma dinámica. Tal vez el próximo papa incluso tenga un blog. ¿Por qué no? Eso sí es adaptarse a los tiempos, no aceptar el matrimonio homosexual o la ordenación de mujeres. Hay que saber diferenciar lo que es fruto de la evolución del hombre y de la sociedad y lo que es fruto del pecado. Un papa que no pueda moverse del Vaticano o que no esté de forma activa en Internet será un papa quasi invisible. Y Benedicto XVI lo ha comprendido bien. Hace tiempo que los médicos le limitaron bastante sus actividades, ayer nos enteramos de que lleva marcapasos. Sabe que no puede llevar el ritmo. No se trata de coger o no la cruz. Se trata de servir a Dios y a su Iglesia. Y a veces ese servicio significa apartarse. Y esto vale para muchos otros miembros de la jerarquía eclesiástica. No estoy haciendo una crítica de la jerarquía en cuanto tal, como si fuese miembro de la asociación Juan XXIII. Simplemente constato una realidad. Ya no vale con la homilía del domingo o con la carta pastoral de turno publicada en la web del obispado. Si un obispo quiere tener algo de influencia, si quiere que se le escuche, debe estar en el ágora de hoy día y salir a buscar a los que ahí están, como san Pablo hizo en Atenas. El papa lo entendió muy bien y para ser ejemplo abrió su cuenta de Twitter. El pastor debe estar con sus ovejas y buscar a las perdidas, y tanto unas como otras hoy se mueven por Internet. Y ahora, para ser de nuevo ejemplo, se retira. Es más, tengo la sensación de que este gesto empezará a ser más común de lo que estamos acostumbrados. El mundo de hoy no es el mismo que el de siglos pasados. Como he dicho antes, ya no sirven los papas que no se movían del Vaticano. Antes sí, ahora no. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI lo han demostrado. La gente se ha acostumbrado a ver al papa en su tierra, a tener una celebración con él, aunque sólo sea una vez en la vida. Esto no tiene vuelta a atrás. Por eso digo que, en mi opinión, no será extraño, por un lado, que los papas sean cada vez más jóvenes (como lo fue Juan Pablo II) y por otro que, cuando vean que no pueden seguir el ritmo, dejen paso a otro. Y no veo que esto sea ningún problema ni ningún desprestigio para el papado. Al contrario, demostrará que el papa está para servir y no para mandar, que ser papa no es un "cargo", sino un servicio de amor a los hombres y a Dios. 

Gracias, Benedicto. Tu predecesor nos mostró que se puede ser feliz en el sufrimiento, y que este sufrimiento, lejos de degradarnos nos acerca a Dios, nos santifica. Y tú nos has mostrado qué es la humildad, qué supone amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, qué significa poner al Señor y a su Iglesia lo primero. Cuánto amor nos debe tener Dios para haber puesto al frente de su Iglesia, para confirmarnos en la fe, a unos gigantes de la fe como vosotros. ¿Qué no nos tendrá deparado para el futuro? Esto da un poco más de sentido a lo que dijo san Pablo: "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia." El mundo de hoy se aleja cada vez más de Dios, el pecado campa a sus anchas, el demonio hace y deshace a su antojo porque muchísima gente, incluso en la Iglesia, ha dejado de creer en su existencia. Frente a esto, el Señor nos ha enviado unos papas de una santidad incontestable que no se han guardado nada para ellos mismos. Él siempre cumple lo que promete: "las puertas del infierno no prevalecerán ante Ella". 

Deo gratias.
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