jueves, 11 de abril de 2013

La responsabilidad en la Iglesia

Hoy el post va a ser distinto de lo habitual. Hoy quiero opinar sobre la noticia que ha aparecido acerca de sor Teresa Forcades. Al parecer va a lanzarse a la política (de forma oficial, claro, porque oficiosa ya lleva tiempo) de la mano del economista Arcadi Oliveres para buscar la independencia de Cataluña. Y esto lo hace sin quitarse el hábito de monja benedictina (bueno, medio hábito, ya que suele ir con pantalones). Esta monja ya lleva tiempo disparando contra la jerarquía de la Iglesia y apoyando el independentismo catalán, igual que la dominica contemplativa argentina sor Lucía Caram.

Uno no entiende cómo puede ser que dos monjas con vocación contemplativa estén cada dos por tres en los medios de comunicación, cuando se supone que esa vocación implica separación del mundo. Pero donde yo veo el problema no es en ellas, que ciertamente están actuando equivocadamente y usando los hábitos como reclamo (no es igual una mujer cualquiera apoyando el independentismo que una monja con su hábito), el problema creo que está en sus superiores. ¿Cómo pueden permitir que estas religiosas vayan proclamando que los gays deberían poder adoptar, que hay que apoyar el uso del preservativo o permitir que se ordenen mujeres o que entren en política activa cuando, por la vocación que eligieron libremente, deberían estar en el convento llevando una vida contemplativa? Si quieren apoyar esas cosas, allá ellas, pero no como monjas. Hasta donde sé, Forcades ya fue amonestada por Roma, pero parece que no ha servido de mucho. En mi opinión, deberían secularizarlas. ¿O acaso no lo hacen porque piensan que mostrar esta libertad de pensamiento atraerá más vocaciones? Prefiero la medida que han tomado los dominicos irlandeses, que parece ser más efectiva.

Que no parezca que con lo dicho estoy juzgando a estas religiosas. Simplemente muestro unos hechos que hablan por sí solos y que no son dignos de una monja de clausura. Lejos de mi condenarlas, es más, creo que por estas personas hay que rezar especialmente, ya que la caída de un consagrado puede ocasionar mucho más daño a la fe y a la Iglesia que la de una persona anónima. Ojalá el Señor las ilumine para que actúen conforme a su voluntad. Nunca es tarde para nadie. Hasta el más rebelde puede convertirse, como he sabido hoy que pasó con La Pasionaria o con el ex guitarrista de Korn.

El demonio anda rondando, si nos descuidamos caeremos en sus garras, pero cuanta mayor es la responsabilidad, mayor debe ser la precaución, porque peor será la caída. Por eso creo que la Iglesia, en casos como estos, debe ser firme. Tan firme como para expulsar a alguien de su orden, como firme hay que ser también para recibirla de nuevo si se arrepiente.

Los que no estamos consagrados tenemos una gran responsabilidad también: rezar por los que sí lo están, desde el papa hasta quien en este mismo instante esté pronunciando sus votos o siendo ordenado. Todos debemos rezar por todos, ¿o no creemos en la Comunión de los Santos? Pero en especial debemos rezar por los que, como Forcades, Caram, Masiá, Pagola y otros, están siendo más engañados por el diablo para tratar de dañar a la Iglesia.

Y, por supuesto, rezad también por mi. 

miércoles, 10 de abril de 2013

Tomás y la Divina Misericordia

Cada vez me gusta más fijarme (y darme cuenta) en lo cuidadosa que es la Iglesia en la organización del año litúrgico. Nada es por casualidad. No en vano la Iglesia es la "sucursal" del cielo en la tierra, y si para Dios nada es casual, tampoco debe serlo para su Iglesia. Y así sucede en el domingo de la Divina Misericordia, el primer domingo después de Pascua, en el que, como todos sabemos, se proclama el Evangelio en el que el apóstol santo Tomás afirma que si no ve y toca las llagas del Señor, no creerá que ha resucitado.

Y me pregunto yo: ¿qué tendrá que ver una cosa con la otra? Es cierto que el hecho de que este domingo se celebre el día de la Divina Misericordia se debe a que así se lo pidió Jesús a santa Faustina Kovalska, pero, ¿querría el Señor unir estos dos días sin que aparentemente hubiera nada en común? Está claro que no.

Sólo por el versículo del salmo responsorial ya quedaría clara la unión: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia". Pero yo querría fijarme en la figura de Tomás, o, más bien, en el dúo Jesús-Tomás. Porque es ahí donde se manifiesta magníficamente la misericordia del Señor.

Jesús se presenta a los apóstoles, dándoles su paz y su Espíritu, pero Tomás no está con ellos. Si no estamos con la Iglesia, no veremos al Señor. Tal vez el apóstol, entristecido, vagaba por Jerusalén buscando algo que llenara el vacío que había quedado, como nosotros tantas veces buscamos saciarnos con cualquier cosa cuando parece que el Señor no está con nosotros, cuando no le vemos en lo que nos sucede. El Señor, ante la ausencia de Tomás, podría haber determinado, como habríamos hecho muchos de nosotros, que al no estar, él se lo había perdido. Pero, como afortunadamente el Señor no actúa como nosotros, tuvo el primer gesto de misericordia: volverse a aparecer a los apóstoles solamente para que Tomás le viera. Pero no contento con eso, hace algo que muestra hasta qué punto amaba Jesús a Tomás, igual que nos ama a nosotros: sin tener porqué hacerlo, el Señor acepta que el apóstol haga lo que pidió, tocar sus llagas. ¿Qué habríamos hecho nosotros en el lugar de Jesús? Te encuentras con un discípulo que ha estado tres años contigo, viendo tus milagros, cómo resucitabas muertos, que le han anunciado las mujeres y otros discípulos que te han visto vivo, y, aun así, no cree si no ve. ¿Qué haría yo, que me cabreo con mis hijos cuando a la tercera o cuarta ocasión que les digo algo no lo hacen?

El Señor nos ama profundamente. Ha hecho obras en nuestras vidas y en las vidas de personas que conocemos. Aun así, ante el sufrimiento, dudamos. ¿Estará ahí el Señor? Es más, incluso a veces llegamos a negar que esté ahí, por mucho que haya personas (familiares, hermanos en la fe, sacerdotes) que nos digan que le han visto en su vida y nos cuenten dónde. Somos tan incrédulos como Tomás, tan débiles como Pedro y los demás apóstoles que le abandonaron. ¡¡Pero ahí está la misericordia de Dios!! ¡¡Ahí está la grandeza de la Iglesia!! El Señor cuenta con gente como nosotros, nos ha elegido, desde el papa Francisco hasta el último que ha sido bautizado. Los 2000 años que lleva la Iglesia en pié son una manifestación impresionante de la Divina Misericordia. ¿Cómo si no se explicaría que algo comenzado por pescadores, un publicano y alguno más se extendiese por todo el Imperio Romano, superase persecuciones terribles, la caída de ese mismo imperio, auges y hundimientos de multitud de reinos, grandes pecados de muchos de sus más importantes miembros, tibieza en la fe, cismas, etc.? 

El Señor se ha fijado en ti, ha puesto su mirada misericordiosa en tus ojos y te dice, como a Tomás, "toca mis llagas, y no seas incrédulo sino creyente". Jesucristo, como con Tomás, hará lo que haga falta para encontrarse contigo. Ahora sólo falta que tu respuesta sea la misma que le dio el apóstol. ¿Será así? Si respondes como Tomás, serás santo. El Señor se encargará. ¿No ves que ha muerto y resucitado por ti?
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...