martes, 26 de noviembre de 2013

Reinar, servir, amar

El domingo celebrábamos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, y ese mismo día el Papa clausuraba el Año de la Fe, fe en ese mismo Jesús, que, desde el momento mismo del anuncio del ángel Gabriel a María, comenzó a revolucionar el mundo y ha seguido haciéndolo a través de su Iglesia.

Un signo claro de esa revolución, de ese cambio de mentalidad, es la elección que la Iglesia ha hecho del Evangelio de esta solemnidad. La mayoría de nosotros, con un pensamiento tantas veces mundano (o "del siglo", como se decía antiguamente), habríamos elegido la Transfiguración, el Bautismo, la multiplicación de los panes, la resurrección de Lázaro, la Resurrección o la Ascensión del Señor. La Iglesia, en cambio, demostrando que el Espíritu Santo actúa, ha elegido el que todos pudimos escuchar, el instante en que Cristo, crucificado, insultado, tentado, le regala la salvación al buen ladrón.


¿Eso es reinar? ¿Estar crucificado, junto a otros malhechores, expuesto a las burlas de cualquiera que pase por ahí? Pues sí. Jesús mismo dijo que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos, amándonos "hasta el extremo". El verdadero reinado no está en el poder temporal, como tantas veces creemos y como gran parte de la Iglesia ha creído (y algún despistado aún cree) durante mucho tiempo. El verdadero reinado está en servir al otro, entregarse al otro, amar al otro, dar la vida por él. En el trabajo, en el colegio, en la parroquia, en casa. El que verdaderamente está unido a Cristo Rey es el que piensa primero en el bien de quien tiene enfrente, aunque eso no signifique satisfacción propia. Porque si nos damos a los demás y vemos que eso tiene un efecto beneficioso, que una situación difícil en el trabajo mejora, que en casa todos comienzan a llevarse bien, que en la parroquia todos se comprometen, etc., en estos casos puede ser incluso agradable darse, porque en cierto modo estamos recibiendo un premio. Lo duro, lo difícil, lo imposible para nosotros es que, como Jesús, nos entreguemos y nadie se de cuenta de ello, salvo un miserable ladrón, e incluso se burlen de nosotros por entregarnos. Cuando ayudamos a alguien sin que lo pida y no nos da las gracias, cuando trabajas en casa y no te lo reconocen; es decir, cuando nos damos y nada cambia a nuestro alrededor (o al menos no lo percibimos) es cuando más hay que agarrarse a la cruz, cuando más hay que acudir a la oración y hacer el acto de fe de que el Señor está con nosotros en ese anonadamiento. Este es el reinado de Jesucristo en nosotros, que cada día, en las pequeñas cosas, dejemos que se suba a nuestra cruz para que con él nos entreguemos, amemos a los demás como Él nos amó en la cruz y nos dijo, junto a san Dimas: "Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso", en definitiva, que miremos con los ojos de Dios.

2 comentarios:

  1. Buenas ideas.
    En lo que se puede calificar de 'dinámica diaconal' todos nos hacemos más plenamente hombres en el servicio a Dios y a los demás. Santo Tomás Moro, con su conocida frase «Servire Deo regnare est», ya indicaba esto, aunque no es el primero. Por cierto, hablando de Moro, quien no haya visto la película sobre su vida, el clásico 'A man for all seasons' (en España, 'Un hombre para la eternidad'), que la busque y la vea. Altamente recomendable.

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  2. Me alegra saber que mi pensamiento en esto se acerca, aunque levísimamente, al de alguien como santo Tomás Moro. "Sólo" me falta que mi vida también se acerque. Tomo nota de tu recomendación, a ver si puedo ver la película.
    Un abrazo.

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