viernes, 14 de febrero de 2014

Mi sobrino Juan ya está con Dios

Ayer nació mi sobrino Juan. Ayer fue bautizado. Ayer, tras pasar media hora con sus padres, murió a causa de una malformación, descubierta en la primera ecografía. A sus padres, algunos que se llaman médicos les propusieron el aborto, es decir, matar a su hijo. Sus padres, por supuesto, dijeron que no. Por eso han podido disfrutar de su hijo esos minutos: verlo, tocarlo, besarle, hablarle, abrazarlo, acariciarlo...amarlo, bautizarlo. ¿Han sido unos padres valientes? Tal vez. Prefiero pensar que, simplemente, son padres. Porque, ¿que padres matarían a su propio hijo?
Ellos, sus padres, han estado en paz. Esa paz que solo puede dar el Señor, esa paz apoyada por la oración de cientos de personas. Qué diferente es vivir un acontecimiento así con Dios que sin Dios. Monjas, sacerdotes, familiares, amigos, conocidos, desconocidos, todos han rezado por ellos, porque cuando uno tiene dentro el amor de Dios, ama como Dios y sólo desea el bien para el otro. Y esa oración les ha sostenido y les sostiene; la oración junto con la fe. No la fe del que no tiene nada más a lo que agarrarse, sino la fe del que ha experimentado que Dios le acompaña, que está con él. Y esa misma fe es la que nos garantiza que en el Cielo hay un nuevo san Juan, que mi hermano y mi cuñada ya tienen su propio ángel, que mi sobrino Juan ya está disfrutando junto a Dios, jugando con Él, y que desde ahí intercede por todos nosotros, especialmente por sus padres y sus hermanos.


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